Carlos Ramos Padilla 

A los 83 mil muertos por la pandemia, al impacto del huracán Delta, a la torpeza de desaparecer los fideicomisos, se suma la enorme pérdida física de un prohombre nacional, Mario Molina, Premio Nobel. Su casa, nuestra casa de estudios la UNAM está de luto, lo mismo que la disciplina de ciencias y por supuesto la nación.  

Nació un 19 de marzo de 1943 y muere este 7 de octubre del 2020. Egresado de la Facultad de Química de la UNAM. Es el único mexicano galardonado con el Nobel junto a Frank Sherwood y Paul Crutzen por sus investigaciones en química atmosférica y la desintegración de la capa de ozono.  

Fue premiado y reconocido con más de 40 doctorados Honoria Causa. De igual forma fue el primer mexicano en recibir la Medalla de la Libertad impuesta por el gobierno de los Estados Unidos (se la impuso el presidente Obama). Era renombrado en todo el planeta por sus acciones globales a favor del desarrollo sustentable.  

Con esto nuestros tres Premio Nobel han fallecido, Alfonso Garcia Robles (1982), Octavio Paz (1990), y Mario Molina Henríquez (1995). La contribución de estos mexicanos al desarrollo de la humanidad fue destacadisma y la pérdida de Mario Molina se conoce justo cuando una camarilla de iletrados irresponsables pretenden quitar todo presupuesto a la investigación y a la ciencia.  

Prefieren un país de dádivas y populismo fiel al Foro de São Paulo que una nación llena de sabios y emprendedores generadores de cambios. Como diría el también recién fallecido, Juan Salvador Lavado Tejón, mejor conocido como Quino, a través de su enigmática Mafalada “paren el mundo que me quiero bajar”.  

Por más que intento comprender, entender, concluir a dónde se dirige Mexico, no le atinó pero si veo rasgos de retroceso preocupante, arribistas y oportunistas serviles en el legislativo y gabinete presidencial y un presidente que lejos, muy lejos està siquiera de asomarse a la trayectoria de un ejemplar como el Dr. Mario Molina.  

Alguien con justa razón escribió “se van los que saben leer, se quedan los analfabetos”. Y al no entenderse con argumentos y razones, como anoche, nuestros representantes en el legislativo dirimen sus diferencias a golpes y no por pretender dar más a la sociedad sino por quitarle recursos, apoyos y medios para la superación personal y colectiva. 

Los planes educativos están, como nunca, reducidos a lo mero superficial al grado de discutir si los varones deben acudir a sus escuelas con o sin faldas. En donde lo principal es rifar un avión o enjuiciar a expresidentes como si el actual pudiese lanzar la primera piedra ante una enardecida comunidad inspirada en el odio y la venganza.  

En otras geografías se intenta llegar a la estrellas, pisar Marte, evitar colapsos por explosiones de plasma solares, descontaminar al planeta, promover nuevos esquemas de producción de alimentos. Aquí se cierran las válvulas de combustible para suponer que así se acaba con sicarios y matones.  

Aquí el dinero para combatir al cáncer se inyecta tercamente en una refinería cuando se convoca a generar energía quemando carbón. Aquí en cada arado se encuentra un cadaver arrojado en forma clandestina. Aquí los discursos atacan a todo lo anterior pero se nos está obligando a regresar a la década de los setentas.  

Desmantelar a las instituciones y quitar financiamiento a las nuevas generaciones es criminal. Aseguramos todos los días que la tasa de letalidad mundial por coronavirus es de 2.92% y aquí en México es de 10.35% pero al parecer vamos requetebién. Mario Molina vivió de la comprobación de sus investigaciones, no de interpretaciones equívocas impulsadas desde el rencor.  

Esa es la diferencia entre quienes reciben el mayor galardón que otorga la humanidad de quienes se auto inventan encuestas para sobarse su equivocada soberbia y egolatría. México, sin duda, esta herido, muy lastimado y con espantosas pérdidas como la de Mario Molina.  

Él se fue, lo que nos quedamos estamos a la deriva, perdidos, engañados. En fin, cada quien escribe su propia historia, algunos generando resultados universales, otros pidiendo que la nación les demande sus torpezas al terminar sus mandatos.