Carlos Ramos Padilla

Mérida presume, y bien hecho, ser sede de la 17 Cumbre Mundial de los Premios Nobel de la Paz. En tierras yucatecas habrán de convivir los seres humanos más excelsos de la historia contemporánea. Será durante cuatro días, del 19 al 22 de septiembre. Es probable que asistan 27 personalidades laureadas, entre estas, el expresidente de Colombia Juan Manuel Santos, el expresidente de Apolonia y activista Lech Walesa, la indígena de Guatemala Rigoberta Menchú y el activista indio Kailash Satyarthi.

Todo esto suena bien, que bueno ser el punto de reunión de estos prohombres, pero que contradicción que lleguen a un país sumido en la violencia, en la mentira política y reprobado en educación. Un México que ya no es el ejemplo de armonía y cordialidad. Tocarán tierra azteca entendiendo que somos tan salvajes que llevamos dos meses consecutivos, estos últimos, con el mayor número de muertos en la historia y entenderán además que en este país se mata a las mujeres por eso, por ser mujeres.

Un México que ve crecer a su población necesitada, la que tiene hambre y sed y que encuentran un gobierno que no les va a resolver su drama, sino les arrojará pequeñas sumas de dinero en lo que llaman política social. Un México que no sabe cómo explicarle al mundo porque desaparecen jóvenes en Ayotzinapa, se incinera a bebés vivos en una guardería o se fusila a migrantes en San Fernando.

Una nación, la nuestra, que lejos de hablar de paz se permite un gobierno que nos enfrenta, nos radicaliza y nos divide socialmente. Llegarán luego de observar fotografías de qué manera destruimos los monumentos más emblemáticos de la patria con consignas como “mata a tu violador”. No sé con qué cara recibimos a estas personalidades que han mostrado a miles de millones de seres humanos que son capaces de convivir en paz y si se elabora una proclama como conclusión al evento, espero ese día no amanezcan cuerpos humanos mutilados y colgados de un puente en Chihuahua.

Que podrían decir de nosotros estas figuras que son políglotas, conocen todo el mundo y a sus sistemas políticos. Que comen con reyes, dialogan con jerarcas de la iglesia, se entienden con sabios, escriben la historia real pero serán bienvenidos en un país que a los gobernantes no les importa ni interesa el mundo exterior, no asisten a eventos mundiales de vanguardia, no saben otro idioma al propio y cuando se expresan están cargados de muletillas como “eeeejte”.

Un gobierno que propone eliminar exámenes de admisión y que los niños copien o los varoncitos asistan a las aulas con falda. Un país que solicita difusoras por las conquistas. Donde las autoridades señalan que los jóvenes de dejan secuestrar y asesinar para crearles mala imagen. En el que la ciudadanía no sabe si temer más al delincuente o a la policía. Donde insurrectos e inconformes humillan y se burlan de las Fuerzas Armadas.

Que podrán decir estos símbolos universales de la Paz cuando el propio presidente, si, el de México, ante cualquier micrófono anticipa que todos somos corruptos, fifís o neofascistas menos sus incondicionales. Donde quienes nos gobiernan, desde el poder, acusan a su antecesor de parecer “comandante borolas”. Un país que ve como el narcotraficante más peligroso se escapa de la cárcel de mayor seguridad con obras de ingeniería punta de lanza.

Un criminal como ese entonces prófugo que ha ocasionado miles y miles de muertes. Que pensarán cuando se les platique que aquí se venden casas de defraudadores sin sentencia y que ese dinero se aporta para deportistas que no reciben el menor estímulo como política pública. Cuesta trabajo intentar siquiera estrechar la mano de un Premio Nobel de la Paz cuando muchos aquí las tienen ensangrentadas.

Pero en fin, vienen quizás a demostrarnos con sólo su presencia, lo equivocados y anacrónicos que estamos. Ojalá que ni les platiquen que destacamos en el mundo por el número de crímenes contra periodistas y el 90% quedan impunes. En fin, sean bienvenidos que de una u otra manera dejarán algo bueno.

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