Carlos Ramos Padilla

Un nuevo y fuerte debate se abre y consiste en la posibilidad de que niños con Síndrome de Down puedan ser inscritos, no diré en una escuela normal, sino convencional. Hay padres de familia que están acudiendo a Derechos Humanos para solicitar que sus hijos con discapacidad e insuficiencia neuronal puedan compartir programas de estudio sin restricción alguna.

Sin duda esto provoca varias reacciones y riesgos. De un lado, explican, los niños podrían acelerar sus procesos de adaptación, socialización, aceptación y asimilación. Su desarrollo sería más equilibrado y sus esfuerzos más intensos. Por el otro lado se corre la desventaja de que entren en crisis de angustia, evidencien su desequilibrio con los otros alumnos y sean, por desgracia, objeto de rechazo. Algunos grupos sociales detallan que existen escuelas y profesores especiales para atender a estos niños y jovencitos.

Pero para otros sectores esto significa discriminación y a final de cuentas, argumentan, son los padres los responsables de escoger la mejor escuela, en sus posibilidades, para sus hijos. Muchos pequeños con Síndrome de Down o autismo han demostrado enormes capacidades incluso en el manejo de las artes plásticas, la expresión o el desenvolvimiento musical. Mucho mejor y más rápido que otros alumnos.

Lo increíble en su adaptación habla de la necesidad que tienen de ser incluidos y si bien hay aspectos físicos como los deportes en donde no responden de manera tan ágil, se ha demostrado que en sí nivel, los juegos Paralímpicos y Parapanamericanos han dejado una enorme estela de triunfadores.

Lo peor que como sociedad podemos hacer es despreciar y, pero aún menospreciar a estos espectaculares seres humanos que han adiestrado nuevos mecanismos, mejores formas y más modalidades para hacernos entender que compartiendo nuestras civilizaciones irán por un menor desarrollo.

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