Carlos Ramos Padilla

Llegar al poder alentando propuestas de libertad, de combate a la corrupción y de abierto respaldo a la manifestación representa un compromiso y responsabilidad ética, política y de principios. Incumplir a estos preceptos es caer en la manipulación, la mentira y la simulación.

 Este fin de semana un conjunto de ciudadanos decidió hacer público su desprecio y rechazo a las políticas públicas emprendidas por el presidente López Obrador, es más aceptaron seguir su recomendación cuando se negó el registro al partido MÉXICO LIBRE y se atrevió a sugerir al expresidente Calderón que lo imitara en convocar a manifestaciones públicas pero pacíficas.

Aún con esto se registró un bloqueo, una represión en contra de quienes buscaban llegar al Zócalo de la CDMX. Barreras de policías antimotines, siguiendo órdenes de Omar Garcia Harfuch, Claudia Sheinbaum y AMLO, incumplieron con las garantías individuales consagradas en la Constitución en tanto la Secretaría de Gobernación que se dice garante de la legalidad, permaneció en silencio.

El nutrido grupo de personas caminaron sin machetes (como los de Atenco), sin dañar mobiliario urbano o arremeter contra la propiedad privada (como los anarcos). No secuestraron camiones, no atacaron a opositores, pero fueron coartados en su libre manifestación de tránsito y de ideas.

El mismo sujeto, AMLO, que cerró Reforma en un plantón a su beneficio e intereses políticos, ese mismo que vociferó “no rompimos ni un cristal”, ahora sentado en el trono presidencial usa la fuerza pública contra la sociedad civil. Aquí una vez más rompe su promesa de no emplear a los uniformados contra los contribuyentes.

Recordemos que el tabasqueño impuso la conducta violenta de tomar calles, promover bloqueos y atentar contra pozos petroleros. Sus caprichosas formas de convencer eran a través de sus esquiroles como Imaz, Sheinbaum, Ordorica, Fernández Noroña y otros que trepadores como son se permitían el lujo de cerrar universidades, pintarrajear la ciudad, secuestrar camiones, colocar barricadas para estrangular a la capital del país.

Que eso lo recuerde bien Ebrard quien acusó junto con Camacho desde la sede del gobierno capitalino que la metrópoli no había sido tan dañada como por las manifestaciones del PRD. En menos de una semana el gobierno federal recibe tres avisos: un desplegado de 650 firmantes particularmente intelectuales que demandan un alto al asedio contra la libre expresión, la marcha de los vecinos calificados como “conservadores y fifís” (hace años éramos pirruris) y un comunicado de la Academia Nacional de Periodistas de Radio y Televisión, ANPERT, demandando respeto e integridad para periodistas y medios de comunicación.

La intolerancia a discreción del presidente puede ser muy peligrosa. Él ha sido capaz de plantarse por semanas en Reforma, convidar a plantones en el Centro Histórico a los barrenderos de Tabasco, llamando a sus asambleas en el zócalo, autonombrándose presidente legítimo, generando sus espectáculos artísticos, pero es incapaz de asomarse al balcón de Palacio a escuchar las demandas de quienes han sido afectados por sus decisiones, los que se sienten agredidos con sus ocurrencias o aquellos que han sido lastimados por sus políticas públicas.

Está encerrado en Palacio y afuera en las calles la población rodeada por policías. Eso no es democracia y si es un acto atentatorio contra lo que dictan nuestras leyes. Diego Fernández de Cevallos ha sentenciado que AMLO es un hombre que “no tiene una ideología, pero si muchas patologías”.

Ellos, los de la izquierda se han negado consistentemente a regular las marchas y plantones porque no les conviene, porque su posición política de negociación es empleándonos como rehenes y moneda de cambio, pero hoy en esta falsa obra de cambios, se dan a la tarea de permitir que gandallas pagados cometan tropelías argumentando que lo que importa son sus reclamos no la destrucción urbana.

Alguna ocasión, le recuerdo, cuando el plantón de Reforma le cuestione a Alejandro Encinas, si no se estaba atentando contra nuestros derechos y me contestó que no, porque “se están impidiendo el tránsito de vehículos no de personas”.

A insurrectos encapuchados y cobardes como los títeres del EZLN se les ofreció presentarse en diferentes estados del País y llegaron incluso a exhibirse en la tribuna del Congreso de la Unión. Pero a un ciudadano se le menosprecia, se le pisotean sus derechos y se bloquea el camino a desafío de policías entrenados para golpear y aprehender a delincuentes (cosa que por cierto han dejado de hacer ni con el evidente narcomenudeo digamos en Tepito o en Tláhuac, ahí ni se meten).

Los descalificativos de las mañaneras se traducen ahora en atentados a la libre expresión, vamos para atrás.

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