Carlos Ramos Padilla

Ya no son golpeadores y provocadores sino mujeres encapuchadas, las mismas que han dañado esculturas y monumentos en Reforma, las que violentan las instalaciones de la UNAM. Cobardes se cubren el rostro, se abrazan de los portones para no poder ser retiradas, traen mochilas con piedras, palos y bombas molotov, piden se respeten sus derechos humanos e impiden ser “tocadas”, responden a la invitación, al diálogo con majaderías y acusando a todo varón de violador.

No me equivoque cuando afirme meses antes que el famoso himno feminista importado de Sudamérica era un acto violento, agresivo y manipulador. Es mismo calificativo (violador) estas mujeres profesionales de la desestabilización lo usan como arma de insulto mientras con todo tipo de instrumentos atacan las instalaciones. Debemos solidarizarnos con nuestra casa de estudios, debemos mostrar nuestro rechazo a estas manifestaciones agresivas en donde no hay motivo, argumento ni causa en beneficio de la comunidad estudiantil.

Estas mujeres han sabido manipular muy bien el conflicto de género y hoy pretenden ser intocables. El gobierno federal y el local de la Ciudad de México tienen la obligación de identificarlas y detenerlas. Muchas de estas ya intentaron en grupo incendiar el edificio de rectoría y hasta el momento hay una absoluta complacencia e impunidad. Todas con sudadera negra, todas encapuchadas y todas refugiándose en la Facultad de Filosofía y Letras en donde permanece secuestrado el auditorio Justo Sierra.

Son grupúsculos que se mantienen comunicados por radiorreceptores en otras escuelas y facultades para coordinar los ataques. Pero para la jefa de gobierno atender el asunto es “criminalizarlo”. La UNAM ha estado constantemente invadida por estas células agresivas desde, repito, que se dejó en claro que no se atentaría contra la autonomía, se mantendrían los exámenes de admisión, se buscaría la excelencia académica y no se permitiría el acceso sin filtro alguno de todo aquel que cree merecer ingresar a la matrícula universitaria.

Sabemos todos esto, a quien incomoda, conocemos la posición de aquellos que pretenden controlar a la UNAM. No hemos visto ningún acto de solidaridad del gobierno hacia la UNAM, mucho menos una orden precisa para frenar las invasiones a sus instalaciones y defender a la educación media y superior.

Hemos pedido que el presidente se coloque a la estatura del rector Graue y ni siquiera respuesta hay. Si el gobierno federal y el de la CDMX nada tienen que ver con estas agresiones que se deslinden, que hagan pública su disposición a restaurar el orden y que se ajusten con lo que la Constitución les dicta y protestaron cumplir.

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