Claudia Rodríguez espera impacientemente, bajo los intensos rayos del sol, en una fila que da la vuelta a la calle para hacerse una de las pruebas de COVID-19 en un laboratorio privado de Ciudad de México.

Rodríguez intentó que le aplicaran la prueba desde hace dos días, cuando comenzó a presentar síntomas, pero nunca llegó a tiempo para alcanzar uno de los 50 turnos que dan en la sanidad pública a partir de las 09:00 h.

Después de mucha frustración, acudió a un lugar privado en donde gastará 500 pesos, “porque ya no queda de otra” y porque conseguir las pruebas gratuitas del Gobierno local “es un viacrucis”.

La mujer, de 53 años, no ha podido faltar a su trabajo pese a que sospecha que está infectada, y como muchos, necesita su prueba en mano para pedir incapacidad.

El caso de Rodríguez no está aislado, imágenes de filas interminables en toda la capital, en cuya área metropolitana viven más de 20 millones de personas, se ven por doquier.