Miguel Ángel López Farías

El anuncio es igual al que se han lanzado en otras épocas, misma receta, mismo contenido, por supuesto, mismos resultados… no basta con que un joven, brillante y experimentado, jefe de la policía de la ciudad haya llegado, me refiero a Omar García Harfuch, a quien dé inicio no le tembló la mano hasta para meterse a Tepito o encarar a los policías federales que protestaban afuera del AICM, se dice que las pinzas de “la hermandad” policiaca lo apretaron.

Esa mafia que lleva años controlando la vida de los uniformados y que mantienen acuerdos  con capos, carteles, grandes bandas de extorsionadores dentro y fuera de prisiones, ” la hermandad”, cuyo origen se remonta a los tiempos de Arturo Durazo, decíamos, la jefa de gobierno ha reconocido que existe un déficit de ocho mil policías y que se concentraran en brindarles una mejor capacitación para combatir al crimen, reitero: mismo discurso que se le escuchó a AMLO cuando era jefe de gobierno, a Rosario Robles, al mismísimo Cárdenas, a Marcelo (creo que él fue de los pocos que se atrevió a llamar las cosas por su nombre y se trajo de Nueva York a Gulliani para aplicar eso de la tolerancia cero) y por supuesto a Mancera, ninguno ha podido ni podrán.

Sencillo y ayer lo explicábamos: las cañerías en donde operan los delincuentes son verdaderas autopistas sin peaje en donde se pueden mover con total impunidad, puesto que su capacidad corruptora los beneficia, no es suficiente con que se lance a las calles ocho o veinte mil policías si estos carecen, primero, de capacitación, y aunque se les dé a niveles del FBI, estos no podrán rebasar los estándares por que en la ciudad de México ser policía es condenarse a pésimos salarios, jefes o comandantes que abusan laboralmente de ellos, a estar sujetos al pago de cuotas hacia los altos mandos, a ser parte de una galería de servidores públicos que reciben el desprecio de los ciudadanos porque sencillamente no representan ningún tipo de autoridad, sino más bien como elementos que salieron a la calle a extorsionar, esa es la percepción y aunque los buenos hombres y mujeres que realizan esta labor se esfuercen en cumplir con sus tareas, la frustración los mata  ante el podrido sistema de ministerios públicos y jueces que permiten que “la rata” que fue capturada salga libre, y no solo eso, sino que amenace a los que lo detuvieron.

Policías que se enfrentan al dilema de no disparar sus armas por que los criminales conocen muy bien las rutas de los derechos humanos y saben cómo voltear las cosas para así, terminar siendo víctimas de los de placa y seamos aún más precisos, de que serviría que las prisiones se llenarán de ratitas o ratotas si en las cárceles de la ciudad operan las más organizadas mafias de secuestradores virtuales, de extorsionadores que con la magia de un celular (que todo mundo sabe cómo demonios entran a las celdas) son capaces de hackear el mismísimo sistema bancario u obtener los datos de los ciudadanos de esta capital.

Cierto, los polis son el primer escudo que los habitantes tenemos para enfrentar a los criminales , pero estos, los uniformados deben no solo recibir pistolas que realmente sirvan, o que no paguen por sus uniformes o el uso de patrullas o motos, sino ser beneficiarios de un verdadero salario que les permita aspirar a mejores condiciones de vida, que se sientan recompensados si cumplen realmente con su deber, sabemos que pinta a imposible el que la corrupción se acabe, pero es necesario que exista congruencia entre el mundos de las leyes y su real aplicación y la manera en cómo, un policía, sepa hacer valer ese respeto hacia su investidura por medio de un reposicionamiento de su papel, con mayor dignidad y respaldo de gobierno y de todos.

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