Miguel Ángel López Farías

México se ha podrido, y no por que hayan asesinado a otro periodista o que diez mujeres sean agredidas, desaparecidas o ejecutadas todos los días. Esto de ir sumando desgracias, con todo y sus copas rebosantes de impunidad y corrupción se ha impregnado en la piel nacional, como segundo traje, del que ya no duele, a lo mucho, un par de chasquidos con la boca, un levantón de cejas y ahí vamos, dirigiendo los pasos sumisamente hacia la puerta del siguiente día y sus siguientes cuotas de muerte…

El asombro ya no pinta en los rostros, nos hemos acostumbrado a irnos a la cama observando los miles de cruces que llenan este camposanto nacional sin sumar más pesadillas, aplicamos la fuga mental… como si no hubiese existido Ayotzinapa o el Rébsamen, la Línea 12 o las periódicas noticias de ejecuciones por docena.

Una cobardía que se convierte en amnesia, conformismo generacional, pues total, mientras no nos toque a nosotros, no hay por qué llorar… aunque a unos metros se esté velando a la jovencita desaparecida.

¿Culpamos a los políticos? Ellos son producto de esta sociedad, nos engañan porque nosotros nos engañamos como parte del ritual.

Y nos hemos convencido de los milagros que se nos prometen, porque así nos educaron, fecundados y adoctrinados a estar convencidos de que todos los males se acaban cuando llegue el mesías indicado, o sea, cada seis años es la muerte y resurrección del que nos había dicho que ahora si nos tocaría el paraíso prometido, sin entender que este templo se destruye y se vuelve a levantar debido a la mano de obra de esta gran sociedad y que, si nos lo propusiéramos, tendríamos una casa distinta.

Pero para que ello ocurra, necesitamos constructores distintos y esa es la puerta que no nos atrevemos a cruzar, qué muchos ven con repulsa, pues les implica dejar de chapotear en esas aguas de la medianía y el asistencialismo…

Hacer lo correcto es enfrentar el reto de la superación por medio de la demolición de todo lo que conocemos… pero eso, para muchos mexicanos, es sencillamente impensable.

México está cayendo, lo sigue haciendo, sin brújula ni rutas, apegado a la resignación del “así nos tocó vivir”.

Y sobrevive gracias a que una parte de este cuerpo se resiste a aceptar la derrota y siguen, seguimos haciendo lo que en las manos este.

¿Vamos a sobrevivir? Si, como muchas veces antes, solo que ahora que se puede, bien cabría la lección aprendida, la de no volver por los mismos pasos que provocan que un gran país como el nuestro se caiga a pedazos, que sufra tanto y nosotros como si fuésemos sólo observadores costumbristas de nuestras propias heridas.