Miguel Ángel López Farías

Mientras en Acapulco el dedo de Dios bautizado como Otis sembró destrucción y muerte, la fórmula uno seguirá con sus motores en punto de arranque.

Nunca he sido clasista, quienes tienen oportunidad de asistir a el autódromo este fin de semana, sea por su enorme billetera o por qué empeñaron la casa, están en su imperial derecho de hacerlo, solo que hay tiempos y gestos que podrían, ojo, podrían lanzar una sólida señal de que a estos sectores privilegiados les importa algo Acapulco y no precisamente para irse de fin a punta diamante, sino mover el interés en algo que no sea ver a una recua de automóviles dando vueltas como desquiciados… digo, ya que la derrama económica será monumental, bien valdría el gesto de esa cosa ausente llamada EMPATÍA. ¿Cancelar el evento?

No lo creo, pero un mensaje, un guiño de los organizadores a favor de los que perdieron todo sería bien recordado como un latido de generosidad y de compasión.

¿Qué lo haga el gobierno? Debería, pero el retrato de un mandatario atascado en el Jeep, mientras sus chambelanes quieren recuperar la coreografía, habla por sí mismo del desastre de su administración.

¿Y por qué la fórmula 1? Resulta que me subí al Metrobús que pasa por Etiopía con dirección a tepalcates, tuve la compañía de la fina fanaticada de los carritos veloces (llegan al autódromo por Metrobús ya que es un problema llegar con sus BMW o Mercedes y sus escoltas), con oído de reportero constaté que ese mundo de gente con mucha lana y playeras de escuderías, nomás no saben que en México el surrealismo trágico es nuestro fuerte…

Reitero, cada quien es libre de preocuparse por lo que se le pegue la gana, solo que mi terca conciencia se ofendió ante las banalidades que estos ultra fifís soltaban, ¿Rencor de pobre?

Tal vez sí, solo que nunca, pero nunca he aceptado (me regalan los boletos) acudir a ese tipo de eventos, pues soy animalito de playa, y eso de los perfumes caros y tenis que valen un par de quincenas de este su servidor me obligan a repudiar estos excesos mientras en el país miles de niños comen una vez al día.

La fórmula uno es un curioso escaparte para la fuga, de un México que no es, un ejercicio de la irrealidad. México debería ser hoy las víctimas de Otis y no solo por cubrir la conciencia con dos kilos de arroz y un paquete de papel de baño, sino con un examen más profundo de lo que a este país le ha ocurrido.

México, socialmente se pudrió, nos convertimos en una nación inmóvil, que vomita sus odios y temores en redes sociales, que vota con el estómago y un par de billetes de 500 en la bolsa, un México tristemente apagado, corroído por el terror de saber que nos perdimos.

¿Cuántos huracanes necesitamos para soldar los huesos de lo que alguna vez fue nuestro amor propio? 

¿López Obrador tiene la culpa? 

Dígame usted que fue la pandemia para el país… fueron muchos Otis juntos, ¿Alguna variante? López-Gatell es el botón de muestra de que sudamos cinismo.

Pero ya que la sociedad civil decidió salir a las calles para defender al INE, a la corte, a la democracia, ya que hoy se lanzaron a la fórmula uno, está bueno recordarles que subirse al metro bus no es suficiente para darse ese baño de pueblo… que siendo una parte del México que produce billetes y que viaja por el mundo, bien harían que hoy, su mirada fuese Acapulco, ahí tienen las redes, entre tragos de vodka y selfies, publiquen algo que los haga presentes en un México que hoy también los necesita…

¿Sabían que una sola de sus cervezas pagaría la comida de una familia en guerrero?

Disculpe usted, me escucho con rabia, pero no puedo manifestar otra cosa cuando fui testigo de ese valemadrismo de las clases más privilegiadas, los que van a la F1… en tanto Guerrero se cae a pedazos y no solo por Otis, sino porque es llevada por la peor gobernadora, Evelin Salgado (realmente es su papá Félix Salgado, el amo).