Miguel Ángel López Farías

Solo quiero recordarles que la película covidiana no ha terminado, y discúlpame usted que me escucha o lee y que tan absorto se encuentra en esa otra sala de proyección en donde todas las pesadillas nacionales toman forma, pero debemos tomar en cuenta que no le hemos ganado la partida a los contagios, que nadie puede garantizar que la luz al final del túnel se haya visto, nos hemos acostumbrado a el goteo de muertos, esos tan cotidianos que ya no asombran, pero son cientos de miles.

Mientras la mancha de los contagios toma una efectista pausa para continuar con su labor entre los mexicanos, pero que en definitiva no se ha ido. ¡Y de las vacunas ni hablar!

Pues sigue siendo un misterio del universo eso de las cantidades y fechas para tener siquiera a el 10 % de la población insaculada. Cuidado, sabemos que el show electoral y todo ese puñado de sketches que el desgobierno nos arroja nos mantienen con el santo en la boca, pero creer que no nos ocurrirá lo que a la India le está sucediendo es tragarse una píldora de inocencia.

En esa región del mundo no solamente producen vacunas anti COVID, sino que crearon sus propias mutaciones como mezcla de una serie de factores de relajación social, vamos, se lanzaron a los festejos religiosos por multitudes, lo que aquí hacemos en Acapulco atiborrando la platas, allá en la india lo realizan en sus ríos purificantes, sumado a que estuvieron en campañas políticas y los gobernantes no se atrevieron a mantener restricciones, por el contrario, apostaron por la solución de la inmunidad de rebaño.

La India está muy cerca de los ejemplos mexicanos, la criminalidad torpeza de los gobernantes abrió un colosal drama en donde cientos de miles se contagian diariamente, muertos que son incinerados en las calles, hospitales sin oxígeno ni medicamentos y un lastimero llamado de auxilio a la comunidad internacional para ser rescatados de un rebrote que debería servirnos de ejemplo a todos. ¿O creíamos que esto se había acabado?