Miguel Ángel López Farías

Muy razonable el que un grueso de la comunidad académica de la UNAM haya mostrado su molestia por los dichos del presidente. No debería ser, pero paso y seguirá ocurriendo.

No solo contra la UNAM, sino contra todo aquel que le sirva para su estrategia de distracción y mayor confrontación social.

Reiterar lo que la UNAM ha significado y significa para el país implicaría invertir mucha tinta, llenaríamos una biblioteca enumerando alcances y logros de más de dos siglos o tres, desde que, en la nueva España, por impulso de fray Juan de Zumárraga se otorgó la cédula de REAL Y PONTIFICIA UNIVERSIDAD DE MÉXICO, hasta la llegada de 1910 ya como UNIVERSIDAD NACIONAL DE MÉXICO, para finalmente quedar como UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO en 1929 siendo presidente Emilio Portes Gil.

Y la noticia es que todos nos vamos a morir, las “mañaneras desaparecerán” y la UNAM seguirá existiendo, pero, sobre todo, alimentando el mayor cuerpo intelectual y de ciencia de este país.

Pero realicemos algunas anotaciones que llenan la atención, a pesar de que el presidente lanzó una mentira (no solo descalificó, sino que continúa mintiendo) al ubicar a la UNAM como una fábrica de neoliberales.

Reitero; el presidente sabe que no es así, pero en la lógica de este político se aplican razonamientos propios de la confrontación, Andrés Manuel gana tiempo cada que inventa enemigos imaginarios de México.

Solo que a estas alturas de su sexenio se convierte en una acción rupestre, ya sin fuerza, como un mal chiste… como un mal comediante que comienza a resentir el fastidio del público…

Por ello es que sus dichos ya no taladran ni sacuden, así sea cuando ataca a la OMS por lo de las vacunas, o se pelea con la clase media… el mandatario recibe, y es cierto, el aplauso de sus leales, de una fanaticada que se reduce a un grupo de choque, sus electores, los maíceados, pero grandes capas de la sociedad, las cuales muchos de ellos votaron por él en el 18, se han ido dispersando, arrepentidos por haber confiado en él.

Basta asomarse a los periódicos de hoy y notaremos cómo el efecto de la violencia presidencial es cada vez tomado con poca seriedad. Cómo si este fuese ya su quinto año de gobierno, cuando el presidente es solo un fantasma en Palacio. Así con esta figura, la cual lleva rato insistiendo en perderse el respeto hacia sí mismo.

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