Miguel Ángel López Farías
Son las 8 de la mañana de este domingo 5 de julio. En 12 horas tendremos el resultado del partido entre México e Inglaterra; para cuando esta columna «suba» al portal de mi querida casa editorial, todos y todas sabremos el resultado. Le van los dos titulares probables: «¡MÉXICO GIGANTE, LO VOLVIÓ A HACER!» o «¡SE REPITE LA MALDICIÓN DE LOS YA MERITOS!».
Pero, a 12 horas del encuentro, es inevitable reflexionar sobre lo que el fútbol provoca en las sociedades, un mundial que es una variante de guerra, con escudos, heráldicas, tradiciones militares mutadas en himnos de batalla, cantos guerreros y, en lugar de balas y bayonetas, la figura de un balón y la destreza de las piernas… Es una manera de no matarse entre naciones, una poética forma de ganar copas sin derramar sangre, pero es guerra, sin ofrendas en vidas humanas, sin campos de concentración, solo estadios y el festín de los medios de comunicación con sus poderosos patrocinadores, los verdaderos ganadores de este coliseo global.
Es la única guerra que trae paz, pues mientras se disputan los colores de playeras y sus banderas, la violencia y sus variantes son adormecidas. PAX FIFA, la paz de la FIFA, lo que demuestra que hasta los corazones más violentos se toman un descanso para dejar que la pelota ruede, pues antes de ser mafioso se es patriota; ya después veremos, dirían los malos.
El biorritmo nacional está atado a este fenómeno, uno que va de la felicidad desbordada por los triunfos a la más severa cruda moral y física por las derrotas… Y aquí sabemos de eso, pues mundial tras mundial la bolsa especulativa del triunfo nos lleva de la mano al éxtasis después del silbatazo final y, cuando el marcador nos favorece, el chip mental del «sí se puede» (ahora es el aspiracional «¿y si sí?») nos hace soñar en grande, entrecerrar los ojos pensando en abrazar una Copa del Mundo —Dios salve al Ángel de la Independencia en caso de que así sea—.
Pero, si no, llega el duelo, ese pesar en el alma que nos taladra los eternos complejos nacionales, el no sentirnos aptos, merecedores, el síndrome del conquistado, del tercermundista y hoy llamados «países en desarrollo»; es el brutal regreso a una realidad que en lo absoluto refleja lo que como nación somos. Pero ya sabemos, el ADN del «Chavo del Ocho» y la proclividad al drama telenovelero, acompañado de torta de jamón, es lo que nos han enseñado generacionalmente.
Lo que nos arroja la terrible orfandad en la que esta suave patria futbolera se encuentra, ávida de héroes y heroínas, de triunfos deportivos (aunque existan mexicanos y mexicanas que en diversas disciplinas ganen oro o rompan récords, parecería no importarle a nadie, pero son tan o más valiosos que los 11 del Estadio Azteca).
La cuestión es que todos nuestros sueños y traumas sean resueltos en los 90 minutos; así la vida vale y, si hay triunfo de por medio, qué mejor que una bestial catarsis social con muertitos incluidos (tal y como dictan los cañones en las fiestas de pueblo: «sin muerto no hubo fiesta»); total, el país aguanta una noche de desmadre, el Paseo de la Reforma puede resistir lo que sea. ¡Es la rebelión de los reprimidos y, si el mundo nos observa, mucho mejor!
El fut, el bendito fut, la más afinada industria de entretenimiento y de fuga social; y cuando estas líneas sean leídas sabremos si es un día de fiesta o de luto.
¿Qué pienso del partido entre México e Inglaterra? Doce horas antes lo digo: si Aguirre mantiene el cuadro y el orden del primer tiempo contra Ecuador, sin los cambios en donde metió a un puñado de inútiles —huelen a presión de los promotores—, el partido nos favorecería.
Tenemos ya un par de cracks que hacen diferencia: Quiñónez y el chiapaneco Mora, estos seres humanos de verdad que se la han creído y tienen para dar más. Inglaterra será su sinodal… y que Jiménez de verdad las meta a la primera que tenga, pues suele fallar como si no supiera que es un partido mundialista.
Marcador: México 3, Inglaterra 1.
¿Optimista? Es México, país del surrealismo y de las cosas imposibles hechas posibles. Hoy no solo juegan dos escuadras y creo que, por fin, no nos pesará la historia de lo que son los ingleses en el fútbol y lo que nos han acostumbrado en México.
















