Miguel Ángel López Farías

Jaime Bonilla se quedará cinco años al frente del gobierno de Baja California, trae la aureola de haber sido ungido por el mismísimo presidente de México, quien visito el estado el mismo día de la consulta ciudadana, los de allá votaron, pocos o muchos y ahora tendrán que poner a prueba de fuego si Bonilla llegó para bien o para mal, bronca de ellos.

Lo que en un aspecto más abierto ocupa la atención de los ojos de los analistas es lo que a manera de laboratorio se abre con este caso, vamos, si en Baja California se coloca la primera piedra para un edificio más grande, digamos, el presidencial, eso sí sería clavo de otras tumbas y abriría el boquete de todas las discusiones de la arena nacional.

Si les funciona allá, ¿por qué no acullá? Y en estos momentos nadie podría atreverse a decir que al presidente AMLO no le ha pasado por la cabeza el quedarse otros dos o tres o de plano un sexenio más en palacio nacional, digo, si en la arquitectura política se han removido piezas del poder judicial para crear un traje de la Suprema Corte a la medida, aunado a la maquinota legislativa, sendos monstruos capaces de levantar un nuevo modelo presidencialista.

Más allá de lo que diga la constitución, y aunque el mandatario insista en que él no quiere eso, en estos puntos, insisto, podríamos afirmar que esta negado a tal posibilidad, pues seria traicionar la naturaleza del político, como el trabajo más de 18 años en conseguirlo como para quedarse quieto y esperar que den las doce campanadas.

Y aunque estaría por verse pocos dejan de pensar en que ya van varias barbas que se han puesto a remojar y que conforme pase el tiempo estaríamos notando hacia donde se dirigen los deseos del presidente.

AMLO no está improvisando, no hace otra cosa que seguir fielmente sus instintos y ocuparse de que su astucia le vaya abriendo el campo, y todo esto frente a una oposición que aún no termina de quitarse la tierra de los ojos tras la tolvanera del pasado proceso electoral.

Lo que considerábamos extraño o imposible comienza a tomar forma de costumbre, no nos olvidemos que estamos colocados frente a una figura sui generis de la más vieja escuela política, que el presidente AMLO está rompiendo la estampa de la silla y sus reglas para crear una nueva, con su estilo, de un poder indivisible, monolítico y lo más cercano a las dictaduras, con el matiz de una que posea aires de democrática, bajo gruesas capas de maquillaje de consultas, tal y como sucedió con baja California y como ha ocurrido con muchos proyectos.

Ya no queda duda de que el presidente demolerá lo que no le convenga y levantara nuevos pilotes para una atalaya más alta, más a su estilo y que sea de larga duración, leal a su idea de trascendencia histórica, y aunque todo esto pueda ser parte del feroz pragmatismo de su personalidad, para nadie debería sonar extraño bajo la luz de una trayectoria que no ha demostrado otra cosa que el deseo del control absoluto de los destinos de la nación.

Ojo, lo que se asoma en Baja California podría ser solo un elemento aislado, lejano y hasta anecdótico en una escenografía tropicalizada de ocurrencias, pero después de las señales de un apoyo presidencial y la operación que existe para que se tenga el control de prácticamente todos los hilos del poder en México, yo francamente no me atrevería a apostar de que la frase aquella de “sufragio efectivo, no reelección” segura viva.

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