Carlos Ramos Padilla

Este reciente sábado, a las 9 de la mañana, dio inicio el encuentro de fútbol americano entre los Pumas de la UNAM y los Burros Blancos del Politécnico. A decir de los que guardan estadísticas fue un partido histórico y no lo dudo. Hubo muchas circunstancias que hicieron de este momento deportivo algo particularmente especial, maravilloso y dejaré los testimonios en desorden, pero todos válidos.

El esfuerzo y las agallas de las dos “escuadras” UNAM y Poli dejaron de manifestó lo que es entregarse a un deporte noble que busca la excelencia y que sólo hay un propósito de lograrlo: en equipo y que cada elemento cumpla con sus funciones. La forma en que se desarrolló el juego fue espectacular minuto a minuto como siempre y desde siempre ambos equipos regalaron su caballerosidad al contrincante y a los aficionados.

El público que llenó al Estadio México 68 fue increíble, respetuoso, alegre, promotor de una energía masiva para apoyar a los jugadores. El aplauso se daba a cada jugada que lo merecía. El respeto a la autoridad, los árbitros, fue absoluto. Los aplausos se crecían cuando alguno de los muchachos era lastimado, pero salían del terreno por su propio pie. Los ritmos y tablas gimnásticas de los porristas azul y oro, y guinda y blanco, asombraron a medio tiempo.

Es decir, la convivencia se logró de tal forma que el saldo fue blanco. Las dos instituciones académicas más importantes de la nación dejaron huella de su fuerza y estatura. Fue una mañana de fiesta y eso demuestra que estamos preparados para participar con la familia en estos eventos, que los niños aprenden a valorar la tenacidad y el éxito, pero también a reconocer con dignidad el perder. Uno tenía que ganar y fue en tiempos extras. El Poli a ley se llevó la victoria.

Los Pumas dejaron todo en la cancha y fue patente su liderazgo y amor a la UNAM. Ambas escuadras portaron la bandera nacional. Ojalá y esto trascienda. Que nos demos cuenta que asistimos a reconocer la capacitación de otros que llegan a crecerse, a exhibir lo mejor de ellos. Ya había comentado que, en un acto inusual, a la muerte de José José, el estadio olímpico, todo, entonó y bailó las interpretaciones del “príncipe de la canción”.

Este sábado se repitió la escena. Fuimos a pasar un gran momento y hay que felicitar a los muchachos, a los jugadores, a los directivos de las casas de estudio, a sus televisoras hermanadas pero muy especial a los aficionados que dejaron en claro que hay grandeza…y mucha.

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