Miguel Ángel López Farías

Los estatutos del partido morena son un guante a la medida de su amo, sobre todo en lo que respecta a la manera en cómo se deberán seleccionar los candidatos. El puntaje de las encuestas no contiene más ingredientes que los que AMLO haya dictado a sus cocineros.

¡Tan, tan! Nadie con dos dedos de frente se atrevería a señalar que se trata de un modelo impoluto de verdadera democracia. López Obrador, cómo Benito Juárez, salieron buenos para no permitir que nadie más les quite del puño el poder (lean la biografía de Sebastián Lerdo de Tejada y nos enteraremos de lo antidemócrata que era del Benito).

Esto de Sebastián Lerdo (la verdadera materia gris del Juarismo) me recuerda a lo que el senador Ricardo Monreal pide para su partido Morena, que dejen de lado las gruesas capas de maquillaje y se conviertan en la bandera de la República, en lo más cercano a aquellas naciones demócratas.

Solo que lo que solicita el doctor Monreal es un lenguaje incomprensible para el dueño de ese partido. El mandatario controla las encuestas, tanto las que “reflejan” sus niveles de aceptación como las que le permiten colocar a las y los suyos, esa es SU DEMOCRACIA, la única que vale y la cual le permitirá imponer a su candidata para el 24.

Es un espejo de 1987, año en que Miguel de la Madrid, bajo la operación de Manuel Bartlett, fraguaron los obstáculos para evitar que Cuauhtémoc Cárdenas fuese el candidato a la presidencia, operación en la que aplicaron “sus reglas democráticas internas”. El rechazo a esta simulación dio pie al cisma en el PRI creando la corriente democrática encabezada por Cárdenas, Muñoz Ledo, la maestra Efigenia Martinez y posteriormente la suma del ingeniero Heberto Castillo…

El resto del cuento lo sabemos, Bartlett operó la caída del sistema electoral y así se evitó que Cárdenas fuese el triunfador de las elecciones de 1988… fue “el triunfo” del “estilo presidencial” de ese entonces y la llegada de su “destapado” CSG.

Los paralelismos son asombrosos con nuestros tiempos, pues vemos a los mismos estrategas y un presidente que sabe que si abre el juego para su sucesión difícilmente obtendrá lo que busca, colocar a aquella que le garantice el soñado Maximato.

El presidente se aproxima a una conclusión de proporciones griegas, tan igual a los fantasmas que tanto combatió, tan igual a los de antes.