Miguel Ángel López Farías

No sé qué hubiese escrito Octavio Paz sobre estos tiempos de dolor e incertidumbre, cito al premio Nobel por su infinita capacidad para definir el ser nacional, con esa mirada aguda para desnudar a la piel del mexicano, desde el parto mismo hasta el llanto de la muerte y la confianza de que nadie se va de aquí, solo transita al Mictlán.

Necesitamos la voz de los intelectuales y los grandes pensadores para encontrar los hilos que nos lleven a las respuestas que reposan en el fondo del mar de lo cotidiano. México es grandioso, se dice y se cuenta.

México es único, como mantra de una realidad que se enterca en asomarse como lo más surrealista de un mundo que fuera de este ombligo resulta extraño para el resto que nos observa.

México es la puerta de lo irreal y de lo mágico y que sin duda mucho habrá de escribirse en los años por venir para tratar de explicar por qué respiramos está vocación por la autodestrucción, tan sutil que nos acostumbró a las desgracias y que nos convirtió en una especie contemplativa, educada para resistir, para aguantar, para creer en los milagros y que estos, por derecho divino, nos tocan, sin detenernos a pensar que hasta los milagros se trabajan, se empujan.

México es al igual que sus volcanes y cordilleras una serie de montañas de mentiras, tantas que las vemos con ojos de aceptación, ahí está toda la tragedia de este alumbramiento de la conciencia, una que no quiere ver qué si y solo si las cosas cambian con enormes dosis de autocrítica y de acción, del movimiento y disciplina para convertirnos en una nación que no llore cada seis años, sino que permanezca en el camino de una mejor gloria.

México no es igual para todos, el rehilete no sopla de la misma forma para el sur que para el norte y solo cuando la tragedia abre sus cortinas es cuando latimos igual, se dice que, con banderas de solidaridad, pero una vez dada la vuelta a la hoja regresamos a la fila de la indiferencia y si se puede del agandalle.

México es un paraíso, eso no tienen duda, pero como tal ha servido para que muchos traidores muerdan las manzanas que terminarán expulsándonos de este regalo de la naturaleza.

Reflexionemos, pensemos por un momento en la génesis de esta novela de Pedro Páramo, en la falsa creencia de que la promesa de un fuego nuevo se dará de la nada.

Nos mentimos, pero así nos gusta, nos conformamos, aunque siempre se den destellos de luz en muchos que ven a esta patria como la gran madre a la cual hay que cuidar.

México nos lo han prestado, es de nuestros hijos, es de los nietos, es de los que aún no nacen, y hoy que es el cumpleaños de nuestra única casa, bueno sería darle una mano, buscando sanar todas esas heridas que el odio, la brutalidad, el egoísmo y la ignorancia han provocado.

México merece un abrazo, México merece que seamos dignos de lo que todos los días nos regala, así que bien vendría algo más que patrioterismo.

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