El 08 de marzo, Día Internacional de la Mujer, es un recordatorio vivo de que la historia no avanza sola, la empujamos las mujeres con el fuerzo y trabajo todos los días.
Subo a esta tribuna no solo como legisladora, no solo como la mujer más joven de este Congreso, sino como parte de una generación que entendió algo muy simple pero muy poderoso: la igualdad no es un favor que se concede, es un derecho que se ejerce.
Hoy vengo a hablar con claridad, con convicción y con esperanza, porque la lucha por la igualdad no es una historia del pasado, es una tarea del presente.
Durante mucho tiempo se nos quiso convencer de que había lugares donde las mujeres no pertenecíamos. Que nuestros sueños eran demasiado grandes.
Que nuestras voces eran demasiado incómodas. Pero cada generación de mujeres ha demostrado lo contrario. Cuando se nos niega un espacio, lo construimos.
Cuando se nos cierra una puerta, abrimos camino. Y cuando se intenta silenciarnos, hablamos mucho más alto.
La historia está llena de mujeres que se atrevieron a cuestionar lo que parecía incuestionable y gracias a ellas hoy estamos aquí, ocupando espacios que antes nos fueron negados.
Pero llegar no es suficiente. Nuestra responsabilidad es asegurar que ninguna niña, ninguna joven y ninguna mujer vuelva a sentir que su voz vale menos.
Porque cuando una niña deja la escuela por falta de oportunidades; cuando una mujer gana menos por el mismo trabajo; cuando una víctima no encuentra justicia, no es solo ella quien pierde: perdemos todas y todos como sociedad.
La igualdad no es un tema exclusivo de las mujeres. Es un asunto de justicia, de democracia y de futuro.
Si queremos una ciudad más segura, una economía más fuerte y una sociedad más justa, debemos garantizar que nosotras las mujeres vivamos libres de violencia y con las mismas oportunidades.
Hablar de igualdad también es hablar de libertad.
Libertad para estudiar lo que soñamos. Libertad para decidir sobre nuestro cuerpo.
Libertad para participar en la vida pública.
Libertad para trabajar y recibir un salario justo.
Libertad para caminar por nuestras calles sin miedo.
Y sí, libertad para equivocarnos, aprender y volver a intentar, sin que se nos juzgue con una vara distinta.
Esa libertad no es radical, es básica. Y mientras exista una sola mujer que no pueda ejercerla plenamente, nuestro trabajo no estará terminado.
Como mujer joven, sé que muchas niñas y adolescentes miran este Congreso preguntándose si algún día podrán estar aquí.
A ellas quiero decirles algo muy claro: ¡sí se puede!
Pero también quiero decir algo más importante: no debería ser extraordinario. No debería sorprender que una mujer joven legisle.
No debería ser noticia que una mujer ocupe un espacio de decisión.
Lo verdaderamente extraordinario será el día en que la presencia de mujeres en todos los espacios de decisión sea tan natural que deje de ser tema de conversación. Ese es el país y la Ciudad que tenemos que construir.
También debemos reconocer que no todas las mujeres enfrentan las mismas barreras.
Hay mujeres indígenas, mujeres con discapacidad, mujeres migrantes, mujeres de la diversidad sexual, mujeres que viven en pobreza o en contextos de violencia.
Y muchas veces esas desigualdades se multiplican.
Por eso hablar de igualdad implica también mirar esas realidades con sensibilidad y actuar con responsabilidad.
Hoy más que nunca debemos decirlo con claridad: la violencia contra las mujeres no es normal, no es cultural, no es inevitable.
No podemos permitir que el miedo siga condicionando la vida de millones de mujeres.
Cada historia de violencia nos duele, pero también nos obliga a actuar. A no mirar hacia otro lado. A no minimizar. A no guardar silencio.
Porque la dignidad de las mujeres no admite la indiferencia.
Reconocemos a quienes abrieron brecha cuando todo parecía imposible.
Reconocemos a las madres que sostienen hogares con trabajo invisible y amor incansable.
Reconocemos a las científicas, a las artistas, a las trabajadoras, a las campesinas, a las estudiantes.
Reconocemos a las niñas que hoy levantan la mano en el salón de clases sin miedo a equivocarse.
Reafirmamos la certeza de que el mundo puede ser mejor cuando reconocemos el valor de cada persona.
La igualdad no es un discurso, es una construcción diaria.
Hoy levantamos la voz no para dividir, sino para recordar algo fundamental: todas las mujeres merecemos las mismas oportunidades, el mismo respeto y la misma libertad.
Ese es el país que queremos.
Esa es la ciudad que estamos construyendo.
Y ese es el compromiso que hoy reafirmamos.
Hasta que la igualdad deje de ser una aspiración y se convierta, por fin, en una realidad para todas.













