Por Rubén D. Arvizu
La silueta soberana del bello lobo marino,
estampa misma de vida con movimientos pausados:
las madres amamantando a sus crías que son vivaces,
mientras los machos vigilan cual centinelas del mar,
reposando entre las rocas como parte del paisaje.
Una imagen milenaria que nos hace recordar
que son parte insustituible del equilibrio del mar.
Este mamífero marino ancestral, dotado de una inteligencia prodigiosa y de una sensibilidad que ha evolucionado durante milenios, no es un depredador insaciable, sino un pilar fundamental para la salud del océano. Al situarse en la cumbre de la cadena alimentaria —como gran regulador del ecosistema—, el lobo marino desempeña un rol insustituible. Su eliminación provocaría un colapso en cadena, afectando a múltiples especies y dejando al Pacífico Suroriental expuesto a enfermedades y cambios oceanográficos. Bajo las olas, esa supuesta pesadez de tierra se transforma en pura gracia e ingravidez: el lobo marino no nada, vuela en el agua, danzando entre las corrientes frías del mar.
En mi tiempo (1989-1993) como Representante para América Latina de la Sociedad Cousteau fundada por el Capitán Jacques Yves Cousteau, o JYC, como lo llamábamos, nos contó que en una de las primeras expediciones del Calypso, la tripulación rescató a dos jóvenes leones marinos en aguas sudafricanas, bautizándolos cariñosamente como Pepito y Cristóbal. Convivieron durante más de tres semanas con los marineros, jugaron y se ganaron el corazón de todos a bordo antes de ser devueltos a su amado océano. Recuerdo bien estas palabras. “Observamos sus ojos y no vimos ninguna malicia en ellos, solo su nobleza. Los humanos tendemos a culpar a las criaturas del mar por los males que él mismo provoca en los mares y océanos. Proteger a estos seres ancestrales no es un capricho ecologista, es condición indispensable para salvaguardar nuestro propio futuro”.
Hoy, esas palabras cobran mayor vigencia ante la inminente amenaza que se cierne sobre los lobos marinos en Chile, donde sectores pesqueros pretenden impulsar planes de exterminio y «eutanasia» bajo el falso argumento de que son los culpables de la escasez de peces.
La realidad es distinta, los lobos marinos no están vaciando las aguas chilenas. El verdadero colapso pesquero y el saqueo de los mares son obra de la sobrepesca industrial a gran escala y, muy especialmente, de las colosales flotas clandestinas extranjeras —básicamente con bandera china— cuyas redes masivas arrasan sin ninguna regulación las costas del Pacífico Sur. Pretender culpar al lobo marino es una cruel cortina de humo para encubrir la rapiña comercial. Estas flotillas son tan enormes, que su actividad nocturna, cuando también pescan sin piedad pulpos de toda clase y tamaño, sus luces pueden ser vistas desde la Estación Espacial.
Ante este posible ecocidio, la Dra. Yolanda Alaníz, reconocida científica y ambientalista mexicana, me ha hecho conocer los grandes esfuerzos de una coalición de ONGs de la sociedad civil chilena, varias naciones latinoamericanas, incluido México, y lideradas por el Centro Ecoceanos y la COMARINO, que han alzado la voz para exigir al gobierno de Chile:
- El freno inmediato a toda iniciativa o autorización de matanza masiva o «eutanasia» del lobo marino común.
- El rechazo tajante a la narrative corporativa que califica falsamente a esta especie clave como una «plaga».
- La aplicación del Enfoque Precautorio y la protección estricta a la especie para salvaguardar el ecosistema marino.
- Una política pesquera ética y transparente, orientada a frenar la verdadera causa de la devastación: la pesca Ilegal, No Declarada y No Reglamentada (INDNR).
No podemos permitir que la conveniencia política y los intereses económicos condenen a muerte a los inocentes. Defender al lobo marino es un paso más para salvar la vida misma de nuestro planeta agua.
*Rubén D. Arvizu. Escritor- Ecologista- Asociado de la Nuclear Age Peace Foundation.











