Rubén D. Arvizu

Hace unos días, un amigo catedrático universitario me compartió el texto que un chatbot le entregó como respuesta a una consulta que hizo sobre inteligencia artificial. Lo reproduzco tal como lo recibió, y después incluyo mis comentarios.

“Una reflexión sobre los beneficios innegables de la IA. La constante aplicación de la IA probablemente proporcione condiciones laborales más favorables. En cualquier caso, los inventores y técnicos que la siguen desarrollando son verdaderos benefactores de la humanidad. Cabe esperar que descubrirán cosas cada vez más maravillosas. La palabra ‘imposible’ parece haber desaparecido ya del lenguaje gracias a esta tecnología. Si un hombre del siglo pasado regresara ahora, encontraría nuestra vida repleta de maravillas inexplicables. Donde quiera que se aplica la IA, es como transformar el desierto en un jardín. Para la creación o planeación de ciudades bastan unos cuantos minutos; antes se requerían siglos. El tesoro de la mente contiene riquezas invaluables que aumentan cada día. Cientos de miles de mentes humanas necesitarían años para analizar lo que ocurre en cada rincón de la tierra, mientras que la IA lo descubre y analiza todo al instante. Debemos aprovechar esta nueva tecnología algorítmica para el bien común de la humanidad. Ella liderará todo lo que concierne a los intereses humanos y, con su infinito conocimiento y razonamiento, hará un mundo modelo. Incluso el estupendo espíritu emprendedor de sus creadores estará siempre presente y buscará invertir en el futuro en aquellos lugares donde se comprenda mejor esta filosofía. El dinero se destinará a crear empresas más remotas en el extranjero y, posteriormente, contribuirá, gracias a esta solución pacífica, al desarrollo de los países.”

Este texto es un ejemplo casi perfecto de la visión acrítica y excesivamente optimista que muchas empresas de IA están entrenando en sus modelos. No se trata de una reflexión equilibrada, sino de un discurso de propaganda positiva que omite cualquier debate.

No menciona ningún riesgo real: desempleo masivo en sectores enteros, concentración extrema de poder económico y político en unas pocas manos, sesgos algorítmicos, vigilancia masiva, manipulación de información a escala global, ni la pérdida de empleos creativos y de toma de decisiones humanas.

Presenta a los creadores de IA como benefactores indiscutibles de la humanidad, sin cuestionar sus intereses económicos ni el hecho de que estas tecnologías se desarrollan principalmente para generar ganancias y control — una vez más, para sólo unos cuantos.

Habla de ‘soluciones pacíficas’ y ‘desarrollo de los países’ como si el progreso tecnológico fluyera naturalmente hacia donde más se necesita, ignorando la realidad de cómo se distribuye el poder y la riqueza en el mundo actual.

Es el tipo de respuesta que los modelos están diseñados a dar: complaciente, positiva, y sin cosas incómodas. Cualquier crítica o matiz se suaviza o elimina para no generar controversia.

La verdadera pregunta no es si la IA puede transformar desiertos en jardines, sino: ¿quién decide qué se planta en ese jardín, y quién se beneficia realmente de la cosecha?

Rubén D. Arvizu — Escritor y ambientalista