Texto y fotos: Juan Carlos Aguilar

La Ciudad de México, afirma el periodista y escritor Ignacio Trejo Fuentes (Pachuca, Hidalgo, 1955) es una de las ocho maravillas del mundo. Y dice bien. Nadie, ni propios ni extraños, puede escapar a los embrujos (fascinantes o terriblemente crueles) que irradian sus calles.

“Quien la camina por primera vez no puede dejar de sentir pasmo, asombro, intranquilidad y hasta miedo. Cualquier sensación, menos indiferencia”, asegura.

Trejo Fuentes sabe de lo que habla. No obstante que es originario de Pachuca, es un chilango hecho y derecho. Se jacta de conocer la ciudad de la A a la Z, incluyendo los oscuros laberintos que corren debajo de las calles: el sistema de alcantarillado, que muchos indigentes han convertido en refugio para soportar ahí el frío de la noche.

Son muchos los lugares -y las anécdotas, por supuesto- que conoce Trejo Fuentes, quien se dio a la tarea de hacer una especie de Guía Roji de los bajos fondos que lleva por título La fiesta y la muerte enmascarada. El Distrito Federal de noche (Colibrí), en la que hace un recuento de los lugares más estrambóticos y placenteros a los que uno puede acudir.

Tugurio en Bolívar en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

Ahí están reunidos algunos de los centros de divertimiento que el autor ha conocido a lo largo de sus muchos años como “pata de perro”. Desde los hoteles más pomposos y los clubes más elegantes, reconocidos por su fastuosidad y prestigio, hasta los lugares a donde acude el populacho.

De esta última clase, hay de todo y para todos los gustos: cantinas, pulquerías, salones de baile, cabarets, table dance, hoteles categoría punta de estrella y, rascándole un poquito, hasta burlesques, que muchos creían extintos.

Como se ve, un puñado de múltiples posibilidades en una ciudad que ofrece una diversión infinita -llena de alcohol y sexo- o amargas experiencias que incluyen desde el robo del bolso, la agresión de algún pervertido, la violación o el asesinato.

Una ciudad que es muchas al mismo tiempo. Entre lo prehispánico (que aún no termina por irse) y lo contemporáneo (que ha llegado a medias y siempre a destiempo) se nos presentan inconmensurables las construcciones coloniales, coronadas por la Catedral Metropolitana. Al respecto, dice el también autor de Besos del Diablo:

“La ex muy noble y leal Ciudad de los Palacios, la ex región más transparente del aire es ya un conglomerado de ciudades, un extraño amasijo de cosas y de gente donde todo es posible, donde el asombro y la perplejidad son pan de cada día y cada noche: ¿quién podría suponer que la colonia Bondojito es igual a San Jerónimo?, ¿o que la Guerrero se parece a Coyoacán?

“Los habitantes de cada rumbo tienen su propia idiosincrasia, su personal visión del mundo, sus distintas costumbres: no hablan igual unos que otros, ni trabajan, ni bailan, ni aman de la misma manera. Si uno va de un rumbo a otro intempestivamente, de un sector de la urbe a uno más lejano, la ciudad cambia de piel sin remedio; se siente uno  en un país extraño”.

EL PELADAJE BAILA

Y en esa diferencia radica precisamente el encanto. Hay de todo y para todos. Desde el siempre infaltable Garibaldi, donde la beberecua y la cantada es el pan de todos los días, hasta los siempre agradables lugares donde se va a bailar “como Dios manda”.

El también cronista y crítico literario se refiere a lugares como el California Dancing Club (conocido popularmente como el Califas), que es “uno de los burdeles disfrazados más grandes y baratos del mundo”, el Balalaika, la Maraka, el Caballo Loco, el Molino Rojo o el Barba Azul.

Amantes en el bar El Oso.

Ahora que si lo que se quiere es tomar un trago, sin prisas y sin el ajetreo que supone el baile, ahí están las muchas cantinas que pueblan la ciudad. Desde la suntuosa La Ópera, hasta otras que sin tantos lujos dan un servicio completo: La única de Guerrero, El puerto de Gijón, La Guadalupana, el Bar Splendid, el Salón Niza, la Traviata La Castellana, por mencionar sólo algunas.

Muchas otras, dice Trejo Fuentes, “apenas escapan de su condición miserable de pulquería o lonchería barata con pretensiones de fulgor”.

Y en todo este conglomerado de lugares, un número similar de alegrías y tristezas; de regocijos y frustraciones, porque mientras uno se embriaga y baila de contento, otros están o declarando en el Ministerio Público o recostados en una camilla con un cuchillo enterrado en el ombligo. O peor aún, llorando la muerte intempestiva de un familiar, tras un asalto. Eso también es la ciudad.

Inmolado en la Lonchería México.

Son muchos los riesgos de caminar en la noche por sus calles. Pero también es verdad que los “noctívagos”, como llama Trejo Fuentes a esa fauna nocturna, han aprendido ciertos códigos que los mantienen a salvo. Porque también ellos, los dueños de la fiesta, tienen sensaciones de asombro y miedo ante la ciudad, mas nunca indiferencia…

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