En el siglo XIX, los doctores estaban asombrados. La razón: el cólera, una misteriosa enfermedad que estaba matando a millones de personas en todo el mundo. Nadie sabía cómo evitarlo hasta que un médico inglés, John Snow, comenzó a investigar el brote de 1854.

«Era entre los pobres, con familias que vivían, dormían, cocinaban, comían, se aseaban juntas en una sola habitación que se expandía la cólera», escribió el doctor Snow.

Snow concluyó que el cólera no se contagiaba por el aire o al respirar y pensó que debía ser algo que se ingería.

Encontró que quienes tomaban agua del primer proveedor tenían más probabilidad de morir por cólera que los otros y, dado que eran vecinos, en esos casos la teoría miasmática no aplicaba.

John Snow murió de un derrame cerebral solo un par de años después: nunca vivió para ver a la Junta de Salud Pública de Reino Unido reconocer plenamente su teoría, ni el sistema de alcantarillado de Londres, que se comenzó a construir poco después de su muerte.

La Organización Mundial de la Salud dice que todavía hay hasta cuatro millones de casos de cólera al año, lo que podría evitarse proporcionando agua potable y saneamiento.