René Cervera G.

Tanto en la vida personal como en la política hace falta detener un momento nuestro paso, cuestionarlo todo y meditar qué rectificamos y qué ratificamos de nuestra vida. Esto significa generar reformas, pero hay que hacerlo con mucho cuidado. Lo hecho en el pasado tiene o tuvo una razón de ser y hay que investigar si tienen actualidad.

Un maestro nos explicaba que, en un cuartel, un soldado vigilaba sin utilidad alguna una banca. El nuevo comandante preguntó cuál era el sentido de ese acto y en la investigación resultó que cuando pintaron esa banca no encontraron material para avisar que la pintura estaba fresca y pusieron a un soldado para evitar que se sentaran mientras la pintura secara. Pasaron los años y el soldado se quedó en ese sitio.   

De igual manera nos ejemplificaron que al inicio de la Segunda Guerra Mundial, los ingleses usaban un soldado más que sus aliados. Los cañones ya se transportaban de manera mecanizada pero anteriormente lo hacían en caballos y el soldado que estaba de más era quien detenía las riendas del caballo para que no huyera del estruendo.

El ejemplo contrario y típico es de quien ordena derrumbar un pilar que aparentemente estorba y el resultado es el derrumbe de toda la construcción.

Es natural sentir la tentación de tirar todo y reconstruir todo de nuevo, pero la verdad es que no hay nada nuevo bajo el sol y terminamos repitiendo la historia si no hay un análisis profundo.

Hay filosofías políticas que renacen cuestionando el Estado desde diferentes ángulos, manejando el concepto de que el Estado es la estructura desde la cual se ejerce el poder. Y es que no hace mucho el Estado lo constituía la cabeza del ejército, los dueños del capital, la iglesia, la alta burocracia del gobierno y el ciudadano común estaba ausente.

Llegar a una democracia integral es un reto hasta la fecha. Tomemos en cuenta que si alguna entidad afirma que su democracia está satisfecha lo que hace es matar la que tiene.

La intención de hacer de la democracia un espacio en la que cabemos todos sabiéndonos acomodar, implica cambiar el sentido del Estado sin confundirlo con gobierno. Es comprender que se compone de territorio, sociedad y gobierno. Si es democrático, es la sociedad, su territorio y su gobierno; si es autoritario, es el gobierno, su sociedad y su territorio por definición, pero lamentablemente hay mucho de autoritarismo en la sociedad.

Construir una democracia es una labor continua, tomando en cuenta que si los poderes de facto rebasan los poderes electos la democracia pierde su sentido.

Estamos pasando por el momento en que debemos tener definiciones que indiquen el rumbo.

Confirmar si continuamos en el marco de una globalidad enferma, bajo la sospecha de sus malas intenciones, si medimos la economía según los intereses del capital, o lo hacemos con otros índices en los que saber que nadie se fue a dormir con hambre, que todos amanecieron bajo un techo confortable, se vistieron conforme sus gustos y de acuerdo al clima, significa que la economía va bien.

Si deseamos vivir en un internacionalismo solidario en el que podamos reservarnos un espacio de soberanía compartiendo con el resto del mundo cultura y comercio básicamente.

Los partidos políticos tienen un papel protagónico en esta tarea, pero no con el espíritu en que se conforman actualmente. El llamado al fin de las ideas les quitó sustento como agentes del cambio, un partido sin claridad en sus concepciones políticas es un vendedor sin producto, en consecuencia, un fraude.

No se trata de promover dogmas, los humanos no paramos de reflexionar, de identificarnos con pensamientos sociales, de reformar mentalmente teorías y esto es parte de nuestra evolución.

Por lo contrario, es aceptar de antemano la posibilidad de corregir entendimientos, abriéndonos a otros pensamientos.

Es constante percibir que entre lo dicho y las acciones se realizan incongruencias, pero sin la afirmación de un contexto ideológico sencillamente no hay incongruencia, sólo un vacío.

Hay una tendencia a prescindir de los partidos políticos, pero si deseamos profundizar el sentido de la democracia lo mejor es reformar nuestras leyes de manera tal que nos permitan un relevo de los actuales o su transformación. Recurrir al debate más que al comercial electoral, eliminar las diputaciones por espacios físicos, llamados distritos electorales en la comprensión de que un legislador representa a quien tiene empatía con sus propuestas y no por compartir un espacio que no tiene que ver con su cotidianidad.      

Revisar su costo económico, pero sin perder de vista el enorme costo social, de permitir que en su financiamiento prevalezca la aportación de la delincuencia organizada o que sean instrumento del poder económico.

Habrá quien afirme que esto ya está hecho que los partidos son una mafia y lamentablemente tendremos que darles la razón, por eso la insistencia de vacunarlos con filosofía, de exigirles un proyecto de nación que oriente las acciones y nos invite a empujarlas colectivamente.

En todo momento de la historia existe un discurso hegemónico que ahoga a quien piensa diferente, pero si hacemos el ejercicio de concebir un mundo al revés sin tabúes, sin dogmas, sin precipitar la descalificación, llegaremos a entendimientos que no habíamos imaginado.

Hay que entender que si la realidad es cuadrada hay que irla redondeando, aceptando que lo que logremos por mínimo que sea ya es ganancia.

Por alguna causa que merece un estudio aparte, en Latinoamérica suele concebirse el socialismo sólo desde el punto de vista marxista, pero el socialismo como lo conciben los revisionistas es la búsqueda constante de la sociedad ideal, en donde la propiedad pública puede ser el medio, pero no el fin.

Es comprender que todo tiene gradualidad y las políticas públicas deben estar encausadas a disminuir injusticias, en la comprensión de que nadie es libre sin un piso de salud, educación, certidumbre económica y seguridad jurídica, y es aquí en donde tiene sentido el estado.

Alejandro Dumas en su libro Los tres mosqueteros, expresa la idea central del Estado solidario cuando les da el lema a los mosqueteros de “Todos para uno y uno para todos”. El reto es hacerlo de manera consensuada lo más posible, con reglas que relajen la coexistencia y en donde estén presentes los deseos, los intereses, los míos, los tuyos, los de él, los de ustedes y los de ellas y ellos.

*Analista político, comunicador, ensayista y autor de los libros “El sentimiento que nos une”, “Entre el puño y la Rosa”, “In memoriam Olof Palme”, “La democracia es una fiesta”. Es director del proyecto radiofónico “La Orquesta Filosófica”.