René Cervera G.*

Uno de los supuestos que tiene la democracia es que quienes ocupan los cargos protagónicos del gobierno, son los más preparados para llevar la carga de administrar un país, aunque dicha visión es desde diferentes puntos de vista. Sin embargo, parece que vivimos lo contrario: la habilidad de contestar inmediatamente y de manera atinada parece haberse perdido; hoy nuestros políticos suelen ser lentos pero inseguros.

En el México de las tres cuartas partes del siglo pasado, más o menos, se acostumbraba contar chistes de nuestros mandatarios, en el entendimiento de que eran chistes para hacernos reír alejados de la verdad, pero a partir de 1982 para hacer reír, se transmiten anécdotas de los políticos que, si se atienden con profundidad, están para hacer llorar.

Es difícil pensar que los presidentes de la República anteriores al año 1982 no supieran qué responder si les preguntaban sobre tres libros que hubieran influido en su vida.

Tal vez sólo mencionaran libros de los que leyeron únicamente la solapa, pero seguro que en su intelecto hubieran hallado tres títulos. 

La capacidad de hablar con ingenio, de responder con inmediatez demostrando conocimiento del tema, no se percibe ni en el poder ejecutivo ni en el legislativo.

Dicen que las palabras no importan sino los hechos, sin embargo, la oratoria es una imprescindible herramienta de trabajo para el buen político.

El discurso congruente es aquel en donde las palabras y los hechos van acompañados. Los hechos que no están afianzados en conceptos éticos suelen ser palos de ciego.

La política es una propuesta de vida, un político es quien nos propone cómo debemos vivir colectivamente, con qué principios, bajo qué reglas y los objetivos que se persiguen. Detrás de sus palabras y acciones hay un entendimiento que nos oferta de lo que a su criterio es el deber ser.

La calidad de la democracia se refleja en nuestras autoridades, artistas, científicos y comunicadores que se entienden como líderes de opinión, así que basta con dar un vistazo en su interior para encontrar por qué estamos en constante crisis.

La división política de izquierda y derecha sigue estando vigente, aunque cada vez es más confusa. Si estamos en contra de los privilegios, sentimos empatía por quienes buscan equilibrios sociales. Exigimos respeto por la identidad, queremos un mundo en el que la paz es producto de aplicar justicia, somos tan de izquierda como aquellos que alguna vez estuvieron sentados a la izquierda en la Asamblea Nacional de la Revolución Francesa.

Y si hay quienes están a favor de mantener un segmento con privilegios en la sociedad, ven la justicia como un producto exógeno dictado por Dios y el imperio y la paz que entienden es la paz romana, o sea producto de la imposición, son tan de derecha como los viejos tiempos.

Importante es mencionar que ambas visiones tienen gradualidad y son tan válidas una como la otra y corresponde a los electores tomar partido; lo que se debe eliminar no es la ideología sino el dogmatismo.

La declaración del fin de las ideas, y una lista de los derechos humanos más o menos consensada, no sustituye la necesidad de pensar políticamente.

Un político sin filosofía es como un vendedor sin mercancía, detrás de sus palabras sólo puede haber un fraude.

Sin un diagnóstico preciso que conlleve un sentido de salud política y el resumen de diversas ideas que sistematizadas ofrezcan una solución, la política se degrada.

Si lo que se premia es la lealtad sin cuestionamientos, el apoyo electoral, el liderazgo que controla y no impulsa la reflexión, o se dan cargos por acciones afirmativas, el resultado salta a la vista. Presidentes y funcionarios sosos, obedientes a los modelos hegemónicos, con puntadas que manifiestan desconocimiento histórico, personajes con la ventaja que les da la ausencia de frenos éticos o con la única virtud de haber sido tenaces en sus postulaciones.

Si bien es cierto que las doctrinas políticas pueden dar lugar a mentalidades cuadradas, también es cierto que la pluralidad de ideas enriquece las políticas públicas. Siempre y cuando exista un debate cotidiano, evitando los prejuicios, se manejen estadísticas comparativas y aceptemos deportivamente que los índices de desigualdad, de crecimiento, de libertad y de buena convivencia son los que indican la estrategia a seguir y esto implica un proyecto nacional y los mejores hombres y mujeres al frente sin forzar el género.

*René Cervera G.

Director de La Orquesta Filosófica. Pueden seguir su proyecto radiofónico, dedicado a la difusión del arte, la ciencia y el análisis político, en el siguiente enlace: https://www.facebook.com/orquestafilosofica/

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