René Cervera G*.

Vivir en democracia implica comprender el alcance de lo público, de frente a lo que se considera privado; significa entender hasta dónde tenemos derecho a intervenir la vida de terceros y comprender la facultad de intervenir en lo que nos interesa porque nos afecta.

En un edificio la fachada es asunto de quienes lo habitan y tal vez del municipio si es que hay disposiciones para ello, pero, que no quede duda, el interior es asunto de quienes lo habitan, y en los departamentos el comedor es asunto de los comensales, la cocina de los cocineros, las recamaras son asunto de quienes en ellas duermen y la calle es asunto público. Al menos que una plaga o algo parecido se desate, los que viven en un departamento no tienen porqué decirle al vecino cómo amueblar su departamento.

El bien que protege la democracia es la voluntad ciudadana. Los gobiernos en este contexto son el resultado de la voluntad mayoritaria, sin que esto implique que la minoría pierda su identidad y mantenga la posibilidad de convertirse en mayoría, de esta manera el mayor tributo de un político es la elocuencia.

En la democracia algo de cada persona es para todos y algo de todos es para cada persona con la que convivimos. Alejandro Dumas lo explica de mejor manera en su libro Los tres mosqueteros con el lema de sus protagonistas: “Uno para todos y todos para uno”. Pero hay que dejar en claro que una sociedad solidaria no implica ser una sociedad que interviene la vida privada.

A la democracia la distingue la búsqueda de equidad social, la igualdad frente a la ley, y el derecho a conducirse de acuerdo a tu identidad sin afectar los derechos de convivencia.

Es una moda legislativa extender el voto a los paisanos residentes en el extranjero, así como forzar la paridad de género en los órganos de gobierno. Los partidos están obligados a integrar jóvenes y un porcentaje de representatividad de pueblos originales.

A primera vista parecen buenas medidas porque indígenas, jóvenes y mujeres tradicionalmente han sido marginados, pero si el bien que la democracia protege es la voluntad ciudadana, estas medidas son impuestas, contrarias a ella y producen espacios que engañan y son ficticios.

En cuanto a que los paisanos que viven en el extranjero tengan el derecho a votar por las autoridades que no los van a gobernar, por más que analizo no me convence que tengan derecho a escoger la novia que no se va a casar con ella.

Cabe decir que lo más absurdo de esta disposición es que en caso de que se cumpla y las decenas de millones de paisanos ubicados en el extranjero voten plenamente, el gobierno seria una entidad impuesta desde el exterior, pagaríamos impuestos que ellos no pagan, obedeceríamos leyes que ellos no obedecen.

Hay quienes afirman que no pagan impuestos, pero envían remesas. Deberíamos preguntarnos en consecuencia: ¿es el dinero lo que otorga el derecho? Y en caso de ser así, reglamentarlo, para que los connacionales que envían algún recurso a sus hijos que estudian en el extranjero puedan votar el gobierno al que lo envían.

En cuanto a que los órganos de gobierno se compongan por fuerza del mismo número de hombres que de mujeres, entonces el voto ya no es libre si tiene que dar por fuerza el 50 por ciento a mujeres y 50 por ciento a hombres. Son los electores los que deben tomar esa decisión y no los legisladores.

Se dice que con esta medida las mujeres salen beneficiadas, pero lo que beneficia a las mujeres y a los hombres son las políticas publicas no el sexo de quienes gobiernan.

Lo mismo sucede con la obligación de postular cierto número de población original, pero lo que caracteriza a esta población es su cosmología no su fenotipo. Así que si un partido postula personajes étnicos en un marco de pensamiento conceptualmente diferente a su cultura lo que se pierde es la cosmología de los pueblos naturales.

Cierta lógica nos diría que entonces debe haber partido de mujeres, de hombres, de indígenas y de jóvenes, pero en el fondo sabemos que no es el cuerpo lo que indica nuestro pensamiento político.

En el marco del comunismo se dice que es la relación con los medios de producción lo que fija nuestros intereses, pero la historia nos ha probado cantidad de veces que un obrero no siempre favorece a los obreros, que ser descendiente afro, no implica un pensamiento solidario con sus semejantes, que ser mujer no da automáticamente una concepción política y que la juventud es una enfermedad que mal cura el tiempo.

Si la democracia es el gobierno del pueblo, los órganos de gobierno deberían ser a imagen y semejanza de los electores; si el voto es libre, entonces no tiene que dar por fuerza paridad de curules o ministerios.

Obligar a los partidos políticos a postular el mismo número de hombres y mujeres, un porcentaje étnico y de juventud, es un acto de injerencia que les quita la autonomía para decidir por sí mismos quiénes son sus mejores cartas para gobernar.

A lo que sí están obligados, tanto legisladores como autoridades electorales, es a garantizar equidad y legalidad de igual manera a todos los contendientes.

En cuanto al voto en el extranjero, afortunadamente son los mismos paisanos los que ponen la prudencia y saben que no tienen derecho a intervenir la vida de los paisanos que dejaron y votan en pocas cantidades, tal vez porque su vida esta más en su futuro que en su pasado, pero con ello demuestran que tienen más sensibilidad política que sus antiguos gobiernos.      

*Director de La Orquesta Filosófica. Pueden seguir su proyecto radiofónico, dedicado a la difusión del arte, la ciencia y el análisis político, en el siguiente enlace: https://www.facebook.com/orquestafilosofica/   “

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