Víctor Hugo Islas Suárez
Las últimas semanas he visto reportajes en TV, así como historias en las redes sociales que muestran el frenesí de una juventud perturbada y desesperada por comprar boletos de cierto o ciertos “artistas” cuyo nombre omitiré por respeto a la inteligencia, esto me ha llevado a pensar en la palabra “ídolo”, de los cuales tengo muchos y sin tener el poder de hacer cambiar de opinión a las masas sumidas en la estulticia por lo menos tengo la oportunidad de hablar de ellos y darlos a conocer.
Hasta la construcción del canal de Panamá, la única forma que tenía un barco para pasar del océano Atlántico al Pacífico era bordear el sur del continente americano, siguiendo la ruta inaugurada por Magallanes en 1520-1521. Este rodeo largo y costoso empujó a muchos navegantes a buscar una ruta alternativa y más directa por el norte de América, el llamado paso del Noroeste. Sin embargo, las primeras expediciones pronto comprobaron que aquella no era una cosa fácil.
En lugar del atajo soñado, había que serpentear a lo largo de 1,500 kilómetros por toda clase de islas, canales y bahías, además, estaba la amenaza del frío y el hielo, que limitaba la navegación a dos o tres meses de verano, los navíos de madera estaban siempre expuestos a que los témpanos de hielo, moviéndose con las mareas, bloquearan un canal o chocaran con ellos, inmovilizándolos o perforándolos, por ello, la búsqueda del paso del Noroeste fue durante cuatro siglos una sucesión de empresas fallidas y a veces fatales.
Sir John Franklin había participado en los años anteriores en la exploración del ártico canadiense, en 1819 había dirigido una expedición por tierra desde la bahía Hudson hasta el río Coppermine, aunque terminó mal, once de los veinte hombres murieron de hambre y el resto tuvo que comerse sus propias botas de cuero para sobrevivir, otra expedición terrestre más al oeste, en 1825, terminó sin problemas, pero a la vez sin haber conseguido totalmente el objetivo.
En mayo de 1845 2 naves, el Erebus y el Terror partieron de Londres hacia el norte, las autoridades estaban convencidas de que ésa sería la expedición definitiva, eran buques de tres palos, robustos, con cascos forrados de planchas de cobre y compartimentos estancos, y habían sido probados en el Antártico, se esperaba que el viaje de Franklin desde la costa este de América hasta salir victorioso por el estrecho de Bering no duraría más de un año, pero, por si acaso, se cargaron conservas para tres años, también se hizo sitio para una biblioteca de 1.200 volúmenes en cada barco para entretener a la tripulación, compuesta por 129 personas entre las dos naves, ninguno de ellos regresaría con vida.
Los dos navíos de Franklin se adentraron en el estrecho de Lancaster en julio de 1845, momento en que fueron vistos por última vez por un ballenero. A la salida del estrecho se encontraron con que la barrera de hielo les cortaba el paso, por lo que invernaron en la pequeña isla Beechey, frente a la isla Devon, instalados en un campamento de circunstancias. En 1850, una expedición de rescate localizaría este precario refugio, en el que hallaron más de 600 latas de conserva vacías, así como las tumbas de tres componentes de la expedición. Sus restos momificados fueron estudiados en 1984 por un equipo de médicos forenses que hallaron en ellos cantidades elevadas de plomo, lo que apunta como causa de la muerte una intoxicación causada por la soldadura de las latas de conserva que se habían consumido.
Al verano siguiente, los dos barcos prosiguieron la navegación hacia el sur, por el estrecho entre las islas Príncipe de Gales y Somerset. Pero en septiembre de 1846 volvieron a quedar atrapados en el hielo, cerca de la isla del Rey Guillermo. De nuevo hubieron de pasar el durísimo invierno polar en un campamento improvisado. Quince marineros y nueve oficiales murieron en ese plazo, además del propio Franklin, que falleció el 11 de junio de 1847, como sabemos por dos documentos hallados por una expedición en 1859. Los especialistas han censurado a Franklin por no haber abandonado la isla del Rey Guillermo antes para dirigirse hacia el sur, cuando todavía contaban con provisiones que fácilmente les hubieran permitido alcanzar la masa continental canadiense, según el diario del capitán a estas alturas la tripulación había cometido antropofagia.







