Víctor Hugo Islas Suárez

Nuestra existencia no es un flujo continuo y sólido, sino el resultado de un baile frenético que ocurre en la oscuridad de nuestro cráneo, en apenas kilo y medio de materia, el cerebro humano gestiona una red de comunicaciones tan vasta que hace que cualquier infraestructura moderna parezca un juego de niños, sin embargo, lo que define nuestra percepción de la realidad (si hoy el mundo es un lugar de oportunidades vibrantes o un pasillo gris y angosto) no depende de nuestra voluntad, sino de procesos que aparecen y desaparecen en nanosegundos: la electricidad y la química.

Para entender cómo funcionamos, debemos imaginar al cerebro como una inmensa ciudad iluminada, la electricidad es el lenguaje de la urgencia, cada vez que vemos un color, sentimos el calor de una taza de café o reaccionamos ante un peligro, miles de millones de neuronas disparan impulsos eléctricos a velocidades vertiginosas, es una mensajería instantánea que no admite demoras, sin embargo, como en cualquier red de alta tensión, existen los «cortocircuitos», estos no siempre son fallos catastróficos; a menudo son mecanismos de emergencia, cuando el sistema detecta un evento traumático o un dolor que no puede procesar, el cerebro puede optar por la desconexión, es el olvido selectivo por supervivencia, en esos momentos, la electricidad simplemente deja de fluir hacia ciertas áreas de la memoria, creando un apagón protector, es una anomalía que nos permite seguir caminando cuando la realidad se vuelve insoportable.

Si la electricidad es el mensaje, la química es el tono de voz con el que se pronuncia, entre cada neurona existe un abismo microscópico llamado espacio sináptico, para cruzarlo, la electricidad se convierte en sustancias químicas: los neurotransmisores, aquí es donde reside la magia y el peligro de nuestra percepción.

Sustancias como la dopamina, la serotonina o la oxitocina son las responsables de los colores que vemos, no es una metáfora, cuando nuestra química está en equilibrio, los sabores son intensos, los olores evocan recuerdos dulces y el futuro se percibe en alta definición, pero cuando ocurre un desorden químico, la realidad se altera sin que medie nuestra opinión, un déficit de serotonina puede, literalmente, «desteñir» el mundo, para quien atraviesa este desorden, la vida no es triste por elección; es que su cerebro ha perdido la capacidad química de procesar el brillo, el mundo se vuelve gris porque la química necesaria para «pintarlo» ha dejado de producirse.

Lo más fascinante de estos procesos es su capacidad para crear realidades paralelas, cuando el desorden (ya sea eléctrico o químico) se instala de forma prolongada, el cerebro construye una «realidad alterada», este es un mundo muy propio, un ecosistema diseñado bajo las reglas de la anomalía, para algunos, este mundo puede ser una explosión de colores y sensaciones abrumadoras donde todo parece tener un significado oculto y trascendental, para otros, es un refugio de sombras donde el tiempo parece detenido, en ambos casos, el cerebro no está intentando fallar; está intentando adaptarse a una configuración nueva, aunque sea defectuosa, es un intento desesperado de la biología por dar sentido a un caos interno que no comprende.

Llegar a la madurez nos permite comprender que no somos tan dueños de nuestro estado de ánimo como creíamos, somos, en gran medida, invitados en el banquete de nuestra propia neuroquímica, un pequeño ajuste en la intensidad de un disparo eléctrico o una mínima variación en la concentración de una molécula puede cambiar por completo quiénes somos en un martes por la mañana, reconocer la complejidad de estos procesos no debe asustarnos, sino hacernos más empáticos con nosotros mismos y con los demás, entender que un «corto circuito» puede cambiar la realidad de una persona nos ayuda a dejar de juzgar los estados de ánimo como debilidades de carácter y empezar a verlos como lo que son: desafíos de una maquinaria asombrosa que, a veces, necesita tiempo, cuidado o intervención para volver a encontrar su ritmo.

Al final del día, nuestra vida es el resultado de esos nanosegundos de luz y química, somos un equilibrio delicado, una obra de arte en constante reconstrucción que, incluso en sus momentos de sombra o desorden, sigue siendo el testimonio más impresionante de la naturaleza.