Víctor Hugo Islas Suárez

Hace no mucho tiempo, ser un profesional de TI significaba tener las llaves del reino y, por ende, la responsabilidad de mantener los muros en pie, si programabas en Visual Basic o C# o administrabas un SQL 2005, sabías que entre el dato y el desastre solo estabas tú, tu conocimiento y tu política de respaldos en cinta o discos físicos, no había magia; había ingeniería, sudor y una comprensión profunda de la arquitectura.

Hoy, ese mundo parece una reliquia arqueológica, hemos pasado del diseño in-house, donde el software se moldeaba a la empresa como un traje a medida, al modelo de «Software como Servicio» (SaaS), donde las empresas rentan su cerebro operativo y lo suben a una nube que, para muchos, es una nebulosa incomprensible, la modernidad nos vendió la idea de que la nube es infalible, y en ese proceso, hemos creado una generación de técnicos y directivos que ya no saben cómo «meterle mano» a sus propios activos.

El gran pecado de esta era no es la tecnología en sí (la nube tiene sus bondades financieras, no lo negaremos), sino la atrofia del saber hacer, me he topado con empresas que mueven millones de dólares y que, ante la pregunta básica de cómo realizar un backup de su instancia de SQL, responden con un silencio sepulcral, han delegado tanto su soberanía técnica que han olvidado que, al final del día, los proveedores de software rentado solo te garantizan que el servicio estará «disponible», no que tus datos estarán a salvo de la estupidez humana o la malicia interna.

Pero lo más surrealista (y aquí es donde uno no sabe si reír o llorar) es la línea de defensa que han adoptado: el famoso acuerdo de ética laboral, es el colmo del pensamiento ingenuo, confiar la integridad de una base de datos a un contrato de conducta es como intentar detener un incendio forestal con una orden judicial.

Un «UPDATE» sin «WHERE» lanzado por un operador con sueño no es un problema de ética; es un error de procedimiento. Un «TRUNCATE» ejecutado por un empleado resentido minutos antes de entregar su computadora no se soluciona leyendo el manual de valores de la empresa, la ética regula las intenciones, pero el código solo entiende de instrucciones, cuando el dato se borra, la ética no hace un RESTORE, la ética no reconstruye punteros ni recupera tablas de precios que se esfumaron en un milisegundo.

La dependencia es total; las empresas hoy son inquilinos de su propia información, si el dueño del edificio (el proveedor de software) decide subir la renta, cambiar las reglas o simplemente tiene una falla catastrófica, el inquilino se queda en la calle, y lo peor es que ni siquiera sabe cómo abrir la cerradura de su propia casa porque nunca le dieron la llave, solo le permitieron usarla mientras pagara la suscripción, estamos en un camino sin vuelta atrás porque la eficiencia de costos le ganó a la resiliencia técnica, sin embargo, quienes venimos de la escuela del desarrollo real, de picar piedra en .NET y entender cómo se mueve un índice en el disco, tenemos la labor casi quijotesca de recordarles que la soberanía digital no se renta.

La próxima vez que una empresa me hable de sus acuerdos de ética para justificar su falta de backups, tendré que recordarles que, en el día del juicio final de los datos, el servidor no te pedirá tu contrato de valores; te pedirá el último .bak. Y ese día, el silencio volverá a ser la única respuesta, y las perdidas nada las repara, los datos cuando desaparecen, en verdad desaparecen, hay que tener cuidado al pensar que el tener todo en la nube es la manera infalible de estar protegidos, ¿no me crees? Deberías de leer el contrato con la empresa a las que les rentas el software, las definiciones deberían darle miedo a cualquiera.