Gabriela Lazcano
Tengo casi 65 años y no recuerdo haber sentido en México una fractura emocional como la que vivimos ahora. Ni siquiera cuando ganó el PAN. Había diferencias, claro, pero no esta sensación constante de sospecha, de trinchera, de estar siempre listos para descalificar antes de escuchar.
En los últimos años el discurso público ha insistido en dividirnos: pueblo contra élite, morenistas contra “neoliberales”, buenos contra malos. Y el lenguaje pesa más de lo que creemos. Cuando durante años se repite que el otro no es simplemente alguien que piensa distinto, sino alguien moralmente inferior, algo se va rompiendo. Y lo que termina rompiéndose —casi sin que lo notemos— es la empatía.
Lo veo en cosas pequeñas. En redes sociales. Jóvenes que dejan en visto y no contestan. Personas que interpretan cualquier opinión como un ataque. Amigos que asumen que si publicas algo es contra ellos. La susceptibilidad se volvió costumbre.
Las redes nos dieron voz, sí, pero también anonimato. Y el anonimato a veces nos regala una valentía que se parece demasiado a la crueldad. Yo misma lo admito: escribo en X cosas que no diría en una sobremesa familiar. Es mi manera de sacar el coraje frente a un gobierno que me indigna. No me enorgullece, pero es honesto. En la vida real procuro dar la cara, responder, escuchar. No siempre lo logro sin fricciones —sería mentira decirlo—, pero lo intento.
Lo preocupante es que cada vez hay menos conversación y más sentencia. Ya no debatimos tanto; descalificamos más rápido. No argumentamos, etiquetamos. A veces pareciera que todos somos jueces sin haber leído las leyes. Y confundimos juzgar con tener razón.
¿En qué momento dejamos de entender que la pluralidad es precisamente lo que hace fascinante a una sociedad? A mí me gusta el debate. No el grito ni la discusión por deporte. Me gusta intercambiar ideas, incluso cuando incomodan. Pero hoy el argumento parece estorbar porque obliga a informarse, a matizar, a aceptar que uno puede no tener toda la razón.
Y mientras aquí nos desgastamos en batallas verbales, en otras partes del mundo las batallas son reales. Pienso en países donde mujeres y hombres han vivido durante años bajo represión y miedo. No estoy a favor de que un país invada a otro. La soberanía importa. Pero tampoco puedo ser indiferente cuando millones viven sin libertades básicas. Y entonces aparece ese dilema incómodo: ¿qué es más inmoral, intervenir o mirar hacia otro lado?
Tengo familiares jóvenes que viven en Estados Unidos y que consideran al presidente actual como el diablo mismo. Entiendo por qué: es un personaje que provoca profundas incomodidades morales. No voy a convertirlo en héroe, ni mucho menos compararlo con figuras históricas de reconciliación. Pero tampoco puedo ignorar que, en este momento, el país más poderoso del mundo ha sido el único dispuesto a presionar frente a regímenes que llevan años oprimiendo a su gente. Que esa responsabilidad recaiga en una figura tan polémica es, quizá, la prueba más clara de lo contradictorio —y lo extraño— de nuestro tiempo.
Me duele cualquier muerte inocente. Siempre. Ojalá hubiera transformaciones sin violencia. Ojalá la historia ofreciera caminos más limpios. Pero casi nunca ha sido así.
Porque la empatía no puede ser selectiva. No puede limitarse a quien piensa como yo o vive cerca de mí. Tiene que extenderse también a quien sufre bajo miedo real, aunque esté a miles de kilómetros. Tal vez el mundo esté lleno de intereses y ambigüedades morales. Pero lo único que no podemos permitirnos perder es la capacidad de sentir el dolor ajeno.
Si dejamos de sentirlo… entonces sí habremos involucionado de verdad.















