Víctor Hugo Islas Suárez

En la muñeca de millones de personas hoy brilla una pequeña pantalla capaz de contar cada latido, cada paso y hasta las horas de sueño profundo. Para quienes corremos, caminamos o nos perdemos en senderos de montaña, estos dispositivos (como el Amazfit, el Garmin o el Apple Watch) se han convertido en compañeros inseparables. Nos motivan, nos lanzan alertas de clima (aunque a veces fallen estrepitosamente) y nos recuerdan que llevamos demasiado tiempo pegados a la silla. Sin embargo, detrás de esa comodidad tecnológica, se esconde una pregunta fundamental: ¿quién lleva el control, nosotros o el algoritmo?

La democratización de la métrica deportiva ha transformado el ejercicio en algo «simple». Correr 5 kilómetros cuatro veces por semana ya no es solo una cuestión de voluntad; es un proceso de recolección de datos. Tener un registro visual de nuestros avances es, sin duda, una de las mayores virtudes de la era moderna. Nos da una meta tangible, un recordatorio de que somos capaces de superarnos. Pero, como en todo avance tecnológico, el diablo está en los detalles, y esos detalles suelen ser nuestra propia honestidad y nuestra capacidad de escucha corporal.

El primer gran riesgo es lo que podríamos llamar la «dataficación» del esfuerzo. Para muchos, si el reloj no registró la carrera, la carrera no sucedió. Hemos delegado la validación de nuestro bienestar físico a un sensor óptico. Esto genera una paradoja: el dispositivo nos ayuda a entrenar, pero también puede robarnos la satisfacción del momento. Si sales a correr y la batería se agota a mitad de camino, ¿sigues disfrutando del viento en la cara o sientes que tu esfuerzo se ha evaporado al no convertirse en un gráfico en el celular? Aquí es donde debemos recordar que el beneficio físico es real e interno, independientemente de que un satélite lo haya confirmado.

Otro punto crítico, y quizás el más preocupante, es la fe ciega en la precisión del dispositivo. Un reloj inteligente es, en esencia, un estimador matemático. Cuando lo compramos, nos pide peso, edad y nivel de actividad. Pero el reloj no sabe si le estamos mintiendo o si nuestra condición de «novato» ha cambiado después de seis meses de disciplina. Si no actualizamos nuestros datos o si no complementamos el uso del reloj con un control médico real —una prueba de esfuerzo o una analítica—, estamos basando nuestra salud en «adivinaciones educadas». El reloj puede decirte que estás listo para un maratón, pero no puede detectar una fatiga crónica o una deficiencia nutricional. La tecnología debe ser un copiloto, pero nunca el médico de cabecera.

Por otro lado, surge el dilema del corredor «analógico». Es común observar con cierta preocupación a quienes corren sin dispositivos, como se hacía hace veinte años. ¿Cómo saben si están bien? ¿Cómo miden su progreso? La realidad es que ellos utilizan una herramienta que nosotros estamos olvidando: la escala del esfuerzo percibido. El corredor que no mira una pantalla está obligado a escuchar su respiración, a sentir el impacto de sus rodillas y a reconocer el ritmo de su propio corazón. Hace un par de décadas, la gente corría por sensaciones. Hoy, corremos por números. El riesgo de correr «a ciegas» es el sobreesfuerzo por ignorancia, pero el riesgo de correr pegados al reloj es el sobreesfuerzo por ego, por querer que el promedio de velocidad sea siempre superior al del día anterior, ignorando lo que el cuerpo realmente nos pide.

Incluso la nostalgia tiene un lugar en esta charla. Muchos recordamos el viejo Casio solar: un reloj que solo daba la hora y emitía un «bip» cada sesenta minutos. Era una tecnología simple, pero honesta. No nos decía cuántas calorías quemábamos, pero nunca nos dejaba tirados por falta de batería. Hay una lección ahí sobre la constancia y la simplicidad que los relojes inteligentes, con sus notificaciones constantes de WhatsApp y sus alertas de lluvia que a veces no llegan, tienden a opacar.

En conclusión, la tecnología deportiva es una bendición para la motivación y la logística, pero requiere de un usuario crítico. El objetivo final debe ser la conexión con uno mismo. Quizás el mejor entrenamiento que podamos hacer esta semana sea un «entrenamiento ciego»: encender el reloj para que guarde los datos, pero cubrirlo con la manga de la sudadera. Correr por el puro placer de sentir el movimiento, recuperar la capacidad de percibir nuestro propio ritmo y, al llegar a casa, descubrir si nuestro reloj interno está sincronizado con el de nuestra muñeca. Al final del día, el reloj debe servirnos a nosotros, y no nosotros al reloj. Porque la verdadera meta no es que el gráfico salga perfecto, sino que nosotros nos sintamos vivos.