Por Rubén D. Arvizu
Hay una ironía profunda en el corazón de la economía estadounidense. Cada año, la Casa de la Moneda de Estados Unidos emite y vende más de mil millones de dólares en monedas para inversionistas estampadas con el águila calva — símbolo de los valores más preciados de la nación. Una ley del Congreso de 1985 prohíbe expresamente acuñar estas monedas con oro extranjero, precisamente para evitar el uso de metal procedente de minas donde se violan derechos humanos y se destruye el medio ambiente. Se supone que es la garantía oficial de que el oro es cien por ciento estadounidense.
Sin embargo, una investigación reciente de Justin Scheck, Simón Posada y Federico Ríos publicada en el New York Times, revela una realidad muy distinta: la Casa de la Moneda está comprando el metal amarillo que se origina en minas colombianas controladas por carteles de la droga. También utiliza metal procedente de casas de empeño mexicanas y peruanas, y de una mina congoleña que es parcialmente propiedad del gobierno chino
Esta ley vigente ha sido sistemáticamente ignorada bajo administraciones tanto demócratas como republicanas, a pesar de advertencias internas totalmente documentadas.
El daño ambiental es devastador. Los mineros emplean mercurio para separar el oro del lodo, un proceso que envenena ríos, tierra y comunidades enteras en Colombia, Venezuela y Brasil. Pueblos indígenas que han vivido junto a esos ríos durante siglos pagan con su salud y la devastación de su territorio el precio de una moneda que se vende como inversión “segura” en Chicago o Nueva York.
Mientras tanto, el daño geopolítico cierra el círculo vicioso: ese mismo oro ayuda a financiar la invasión rusa de Ucrania, permite a Venezuela e Irán evadir sanciones internacionales y fortalece a los carteles que desestabilizan a México y gran parte de América Latina. Estados Unidos impone sanciones con una mano, y con la otra, compra el preciado metal.
El águila americana lleva grabada una mentira, cuyas consecuencias recaen sobre millones de personas que nunca se beneficiarán de esa moneda.
Rubén D. Arvizu — Escritor y ambientalista















