Víctor Hugo Islas Suárez

Imagínate que entrenas toda tu vida para un solo momento, llegas a la cita más importante del planeta, los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, corres como si te persiguiera el mismo diablo y, al cruzar la meta, te das cuenta de que acabas de destrozar el récord olímpico anterior, en cualquier otra circunstancia, serías el héroe nacional, tendrías una medalla de oro en el pecho y tu nombre estaría en todas las portadas, pero, pero en lugar de eso, te toca conformarte con la plata porque un tipo llamado Jesse Owens decidió ser, ese mismo día, un poquito más extraordinario que tú, esa es la historia de Matthew «Mack» Robinson, y te juro que es de esas que te dejan pensando en lo injusto que puede ser el cronómetro.

A ver, pongámonos en contexto. Mack no era un improvisado, era un tipo con un talento físico animal, pero a diferencia de los atletas de hoy que tienen patrocinadores y nutricionistas, él llegó a Berlín casi de milagro, se dice que compitió con los mismos tenis desgastados que usó durante toda la temporada en su universidad de Oregón, aun así, el tipo se plantó en la final de los 200 metros y voló, marcó “21.11” segundos. Para que te des una idea, eso era una locura en esa época, técnicamente, Mack fue más rápido que cualquier otro medallista de oro en la historia de los 200 metros hasta ese momento, el problema fue que Owens, que estaba en estado de gracia, paró el reloj en “20.70”. Por solo cuatro décimas de segundo, Mack pasó de ser «el hombre más rápido de la historia» a ser «el que llegó detrás de Jesse», y aunque ser el segundo mejor del mundo no es cualquier cosa, lo que realmente te vuela la cabeza es lo que pasó cuando aterrizó de vuelta en casa, aquí es donde la historia se pone amarga, de esas que te dan coraje.

Uno pensaría que al regresar a Estados Unidos lo recibirían con desfiles, ¿no? Pues no, estamos hablando de la década de los 30, una época donde el racismo en EE. UU. era una barrera tan alta como cualquier valla de atletismo, mientras que a otros atletas blancos les llovían ofertas, a Mack Robinson le dieron la espalda, el tipo que rompió un récord olímpico terminó trabajando como barrendero municipal en Pasadena para mantener a su familia, lo más fuerte de todo, y esto es lo que siempre le cuento a la gente cuando hablamos de resiliencia, es que Mack salía a barrer las calles usando su chamarra oficial del equipo olímpico de Estados Unidos, no lo hacía por presumir, sino como un acto de protesta silenciosa, quería que los vecinos, que las autoridades y que el mundo supieran que el hombre que recogía su basura era el mismo que había puesto el nombre del país en alto en Alemania, era su forma de decir: «Sigo siendo un campeón, aunque ustedes no quieran verme», pero la cosa no se queda ahí.

El ADN de esa familia era algo de otro planeta, mientras Mack lidiaba con la invisibilidad, su hermano menor, un tal Jackie Robinson, estaba observando. Jackie vio cómo el país trató a su hermano mayor, el medallista, y eso le generó un fuego interno que años después lo llevaría a romper la barrera de color en el béisbol de las Grandes Ligas, al final, la historia de Matthew es un recordatorio de que el éxito no siempre se mide en metales preciosos. Mack no se amargó; se volvió un líder en su comunidad, ayudó a miles de jóvenes y vivió para ver a su hermano convertirse en una leyenda, aunque el mundo lo recuerde como el «segundo», para cualquiera que sepa un poco de historia, Mack Robinson fue el hombre que demostró que se puede ser un gigante incluso cuando el sistema intenta hacerte pequeño. ¿Qué tal esa jugada del destino? Rompes un récord y terminas siendo la sombra de una leyenda y el motor de otra. Una locura, ¿verdad?

Los Robinson fueron una “anomalía” genética, Mack abrió la brecha en Berlín rompiendo récords, su hermano Jackie cambió la historia del béisbol para siempre, y sus otros hermanos, como Willa Mae, también fueron atletas de élite que dominaron cuanto deporte tocaron, es una locura pensar que, mientras el mundo intentaba frenarlos por su color de piel, en una sola casa de Pasadena crecieron los hermanos que terminarían por reescribir las reglas del juego y de la dignidad humana. Mack no solo le heredó a Jackie su velocidad, sino la fuerza para no agachar la cabeza ante nadie.