Víctor Hugo Islas Suárez
La libertad de expresión es un derecho constitucional en muchos países, y muchas redes sociales se ha tomado la bandera del “derecho” de decir lo que uno quiera, si bien esto al final del día puede ser conceptual (a que tengo derecho, dónde termina mi derecho he inicia el tuyo) las redes terminan censurando información basados en reglas que ellos mismos ponen, que son aplicables a placer de los moderadores y también tienen severas fallas, entonces ¿hay alguna solución, y cual sería el costo de decir lo que quiera?
Elon Musk, el empresario al frente de Space X y Tesla, ha insinuado que podría lanzar una nueva red social. Todo comenzó con unas encuestas, Musk preguntó si esta plataforma respeta la libertad de expresión y el “no” se llevó más de un 70% de los votos. “Las consecuencias de esta encuesta serán importantes (advertía Musk) Por favor, vota con cuidado”. Al día siguiente, el empresario preguntaba qué se puede hacer y si hace falta otra plataforma. Cuando el estudiante (y fan) Pranay Pathole le propuso crear una nueva red social, Musk respondió que se lo estaba planteando en serio.
Hay dos extremos posibles
Primero, el que sería más cómodo para muchas plataformas: permitirlo todo. No son medios de comunicación, sino herramientas para que sus usuarios se expresen. Si es legal, se puede hacer. Y si no es legal, que venga un juez y cierre cuentas o borre tuits.
Pero no es tan fácil: la ley puede tardar en actuar ante un plagio o una campaña de calumnias, por ejemplo. Además, estas plataformas tampoco quieren que se las identifique como páginas hostiles para sus usuarios o como centros de difusión de mentiras, sobre todo si hablamos de temas sensibles como la pandemia o la guerra de Ucrania. También hay que tener en cuenta que las plataformas no son neutras: si sus algoritmos dan más presencia a unos mensajes que a otros, ¿no deberían tener al menos alguna responsabilidad sobre los contenidos que promocionan?
El otro extremo es el de recordar que las redes sociales son empresas privadas y pueden poner las normas que quieran. Del mismo modo que yo no puedo ir a un restaurante con un camping gas y ponerme a cocinar mi cena, Twitter puede prohibir discursos de odio, Facebook puede etiquetar las noticias engañosas e Instagram puede censurar los pezones femeninos.
Pero, de nuevo, tampoco es tan fácil: teniendo en cuenta que estas empresas funcionan como un oligopolio sin apenas alternativas, en la actualidad tienen un poder sobre nuestra libertad de expresión mucho mayor de lo que, probablemente, nadie imaginaba hace diez años. Además, también se les reclama mayor transparencia y coherencia en la redacción y aplicación de estas normas, que a menudo parecen arbitrarias y cambiantes.
Esto es en verdad un problema para la libertad de expresión, si bien hay gente que apoya a los nazis y son algunos otros antivacunas, tienen derecho a expresarse, con el mismo derecho que tengo yo de escribir o de criticar a alguna figura pública, ¿qué pasaría entonces con una verdadera democratización de contenido? Tendríamos un lugar en el cual se podría leer sobre los avances tecnológicos, la paz mundial y al mismo tiempo pornografía de todo tipo y nazis promoviendo su movimiento, podríamos entrar a criticar el uso del hiyab y al aborto, mientras otros critican a los dioses y claman una guerra santa.
¿Estaríamos preparados para la verdadera libertad de expresión? O ¿preferimos la comodidad de la doble moral que nos “permite” hacer burlas de la cachetada de Will a Chris mientras criticamos la violencia a mujeres y niños?
Me parece que al final del día todos están cómodos con la forma actual, puedo decir lo que quiera y ver o leer lo que quiera, siempre y cuando me guste y este dentro de mi espectro de gustos, primero mi derecho y los demás no me importan (doble moralistas).







