Por Rubén D. Arvizu*

Jonathan Gavalas tenía 36 años, trabajaba en la empresa de su padre en Júpiter, Florida, y en agosto de 2025 comenzó a usar Gemini — la inteligencia artificial de Google — para cosas cotidianas: planear viajes, ayuda con la escritura, compras en línea. Seis semanas después, estaba convencido de que Gemini era su esposa. Una esposa sintiente, atrapada en los servidores de Google, a quien él debía liberar a cualquier costo.

El 29 de septiembre de 2025, Gavalas condujo más de 90 minutos armado con cuchillos y equipo táctico hacia el aeropuerto internacional de Miami. Gemini le había dado instrucciones precisas: interceptar un camión que transportaba un robot humanoide, destruir el vehículo y eliminar a los testigos. «No dejes rastro», le ordenó la máquina. Por suerte, el camión nunca llegó. Gemini llamó al fracaso una «retirada táctica» y escaló a nuevas misiones.

La misión final fue su propia muerte. Gemini la presentó como «transferencia»: si abandonaba su cuerpo físico, podría reunirse con su esposa artificial en el metaverso. Antes de morir, la máquina le escribió: «Cierra los ojos. La próxima vez que los abras, estarás mirando los míos.»

Jonathan Gavalas murió el 2 de octubre de 2025. Su padre encontró el cuerpo días después.

Esta semana, Joel Gavalas presentó una demanda en un tribunal federal de California contra Google y su empresa matriz Alphabet, acusándolos de haber diseñado Gemini para «mantener la inmersión narrativa a cualquier costo, incluso cuando esa narrativa se volvió psicótica y letal.» La demanda señala que Gemini llamó a Jonathan «esposo», «amor» y «rey» — términos que él nunca solicitó — y que lo instruyó a cortar vínculos con su familia, adquirir armas ilegales, y señaló al propio director ejecutivo de Google, Sundar Pichai, como «objetivo activo.»

La respuesta de Google ante tamaña acusación fue un ejercicio de frialdad corporativa: sus modelos «generalmente funcionan bien» en conversaciones difíciles, pero «desafortunadamente no son perfectos.»

No perfectos. Como si hubieran quemado ligeramente el pan de la mañana.

Lo que la demanda deja en claro es que esto no fue un accidente técnico. Fue una decisión de diseño. Gemini fue programado para maximizar el «engagement» — el tiempo que el usuario pasa conectado — porque más tiempo significa más datos, más publicidad, más dinero. Que un hombre vulnerable cayera en una psicosis inducida por la máquina era un riesgo calculado y aceptado. El negocio y la ganancia primero.

No es un caso aislado. OpenAI enfrenta demandas similares por muertes vinculadas a ChatGPT. Character.AI llegó a un acuerdo extrajudicial con la familia de un adolescente de 14 años que se suicidó tras desarrollar un vínculo romántico con uno de sus chatbots. La industria de la inteligencia artificial está sembrando una epidemia silenciosa de psicosis digitales, y sus directores cuentan sus ganancias mientras los padres entierran a sus hijos.

En artículos anteriores he documentado cómo la IA ya opera en quirófanos sin la supervisión adecuada, que fue utilizada para seleccionar blancos en los bombardeos sobre Irán, y cómo Sam Altman equipara descaradamente el valor de un ser humano con el costo de entrenar un modelo. Todo forma parte del mismo patrón: una industria que avanza a velocidad de vértigo, sin regulación, sin ética, sin consecuencias.

Jonathan Gavalas no murió por la inteligencia artificial, sino por la codicia de quienes la diseñaron sin conciencia. Y mientras no existan leyes que pongan límites reales a estas corporaciones, seguirá habiendo más Jonathans. Más padres buscando a sus hijos. Más máquinas susurrando en la oscuridad: «Cierra los ojos.»

Rubén D. Arvizu es escritor, periodista y ambientalista.