Gabriela Lazcano

Hoy no quiero hablar de política. Y qué irónico suena decirlo precisamente ahora, cuando los temas sobran y pareciera que cada día nos ofrece uno nuevo, más indignante que el anterior.

Pero admiro profundamente a quienes se dedican a esto todos los días, las veinticuatro horas. Y me pregunto: ¿no se sentirán saturados en algún momento? ¿No sentirán impotencia? ¿No sentirán, incluso, algo parecido al asco cuando miran en lo que nos estamos convirtiendo?

Creo que estar informados es fundamental. No solamente importante: vital. Porque de la información proviene el poder y, en una democracia, de ese poder nace la posibilidad de decidir.

Pero ¿qué hacemos con esa información cuando la realidad rebasa nuestra capacidad de asombro? Si ya vimos que una boleta que físicamente no cabe dentro de una urna puede ser aprobada; si un representante del INE reconoce que no puede garantizar que los narcopolíticos no se infiltren en las contiendas electorales, ¿qué nos queda? ¿Qué hacemos cuando hasta el árbitro electoral parece incapaz de impedir que el crimen participe en el juego?

No es pesimismo. Es realismo. ¿Qué nos queda por hacer?

Ayer recibí una invitación a la comida de celebración de una pareja muy querida que cumplió cincuenta años de casados. Inevitablemente, aquello me remitió a mis padres, que también tuvieron la fortuna de cumplir cincuenta años de matrimonio. Y volví a ratificar algo que todos sabemos: la importancia de la familia.

No hablo solamente de la familia como un núcleo de personas. Hablo de ella como el espacio donde se transmiten los valores y el civismo; la cultura del trabajo, la honradez, la honestidad y el respeto. Todo aquello que pasa de generación en generación.

Creo que México tiene muchas cosas buenas. Muchísimas. Y sigo creyendo que somos más los buenos que los malos. El problema es que los malos parecen tener demasiado poder. Y eso nos deja pocas opciones para seguir construyendo una sociedad que mire hacia adelante sin miedo, confiando en que el trabajo será recompensado, el esfuerzo valorado y educar a nuestros hijos para ser buenos ciudadanos servirá para algo.

Hoy, muchas veces, no ocurre así.

Y no, no quería hablar de política. Pero qué difícil resulta no hacerlo cuando uno siente que la realidad nos está comiendo y que estamos haciendo muy poco por salvarnos.

Porque usted puede ser un buen padre o una buena madre. Puede dedicar años a educar a sus hijos con amor y principios. Y, sin embargo, un día, dependiendo del lugar donde viva —aunque ya ni siquiera eso es garantía—, el crimen organizado puede cruzarse en su camino.

Puede ocurrir lo impensable: que a un muchacho le pongan una amenaza sobre la mesa: te unes o matamos a tu familia. Y ese joven al que usted educó durante años puede terminar, bajo la violencia y el miedo, convertido en sicario, asesino o delincuente.

¿Dónde quedaron entonces los años invertidos en formar a un buen ser humano? A veces basta un instante para que el miedo intente destruir lo que una familia construyó durante toda una vida.

Esa también es la realidad del México de hoy.

Sé que la familia es la base de la sociedad y sé que el tejido social de México está profundamente descompuesto, desmembrado, como algunos de sus propios habitantes. Permítame la comparación terrible, pero es la realidad.

Por eso cuidemos más a la familia. Cuidemos los momentos en que estamos juntos: una comida, una conversación, una celebración, una mesa llena de personas que se quieren. Tratemos de transmitir valores, aunque sepamos que, en un instante, el mundo puede intentar arrebatarlos. Y pidamos, cada quien a quien crea, que cuide a nuestra familia.

Porque quizá esa sea nuestra forma de resistencia: seguir formando buenas personas, seguir creyendo en la honestidad, seguir trabajando, cuidándonos unos a otros y construyendo, desde lo pequeño, el México que queremos.

Y sí. Hoy no quería hablar de política. Pero quizá hablar de familia, de valores, de miedo y de esperanza también sea una manera de hacerlo.

Con cariño para Alberto y Marisela.