Gabriela Lazcano

 Desde hace dos años, siempre es la misma rutina. Se baña, se viste con la ropa usada del día anterior y, si hay suerte, toma un café y un pan. Los huaraches, alguna vez duros y firmes por la piel con la que fueron hechos, ahora están aguados y con remedos de plástico quemado en las suelas.

Ese mismo plástico le lastima los talones y, a diario, sangra. Pero es solo una herida que no cierra; hay otras mucho más dolorosas que cada día se abren más. Fue un miércoles cuando su hijo no regresó; había ido a pedir trabajo de pintor, apenas tenía diecisiete años.

 Ella lo parió sola, con un dolor punzante y desgarrador, igual que su soledad. Todos los días, al ponerse los huaraches, recuerda el día en que lo trajo al mundo. La postura se lo recuerda: fue recostada en un árbol. Hoy, al igual que ayer y desde hace ya muchos días, toma su pico y su pala, y los guarda en su morral.

Se une a otras madres en la iglesia y le piden a su Dios que las ayude; que, aunque sea solo un hueso, una playera o un zapato, puedan tener un lugar donde llevarle flores a su hijo. Su dolor, y el de todas, es un dolor difícil de imaginar. No hay nada en su corazón: ya no hay amor, ya no hay un alma que se alimente, ya no es la misma desde que su hijo desapareció. La alegría se fue, la esperanza se esfumó, la ilusión de verlo vivo ya no existe. Muchas, muchas veces, se han parado a llorar juntas.

 Muchas veces han callado juntas. La sensación de inmensidad del territorio que deben buscar es igual a su tristeza. Las madres buscadoras son el rostro triste, sangrante, lacerante del México de hoy.

Son mujeres que, sin ayuda de nadie, recorren kilómetros y, con sus manos, sus picos y sus palas, van descubriendo la inmundicia de este país. Aquí ya no hay una región más transparente. Aquí ya no hay un cuerno de la abundancia.

Aquí ya no hay Día de Muertos: todos los días son días de muertos. Los altares se levantan en cualquier región, y las veladoras se prenden lo mismo en Zacatecas que en Sinaloa. Las misas de difuntos son a diario, y las madres buscadoras son cada día más. Los huaraches —los de ella, que parió a los cuarenta años a su único hijo— se rompieron hace unos días.

Ya no tenían compostura; ya no había parche, empaste, parka ni pegamento que pudiera arreglarlos. Ese día se rompieron para siempre. Cuando llegaron a Teuchitlán, sus ojos ya no quisieron ver, su corazón ya no quiso sentir y sus pies sangrantes ya no quisieron caminar.