Gabriela Lazcano

Por más que quisiera escribir sobre el México de hoy y las cosas extraordinarias que suceden en este país, resulta imposible abstraerse de una realidad política que nos rebasa. Escribir sobre la Fórmula 1 me parece, por decir lo menos, banal frente a la avalancha de escándalos que nos debilitan como país.

No tengo oportunidad de escribir diario. Si así fuera, cada jornada analizaría un problema distinto. Hay de sobra. Una noticia desplaza a la anterior antes de que alguien rinda cuentas. Corrupción, nepotismo, privilegios, opacidad e impunidad parecen parte del paisaje. Lo grave es que corremos el riesgo de acostumbrarnos.

Me preocupa el futuro del INE. A México le costó décadas construir una autoridad electoral autónoma. La reforma de 1996 separó al IFE del Ejecutivo: fue una conquista democrática que no le pertenece a ningún partido. José Woldenberg y Lorenzo Córdova encabezaron etapas de esa institución y merecen ser juzgados por su trabajo, no por descalificaciones.

La renuncia de Guadalupe Taddei, en medio de investigaciones por presuntas irregularidades en contratos, agrava el momento. La Cámara de Diputados elegirá a quien complete su periodo al frente del INE, con las elecciones de 2027 en marcha. Morena tiene un peso decisivo en esa Cámara. ¿Quién garantizará que el árbitro actúe con independencia? No necesitamos un instituto cómodo para el gobierno; necesitamos uno que pueda incomodarlo.

Mientras tanto, en salud, los pacientes siguen enfrentando carencias y falta de medicamentos. Sin embargo, la administración de Claudia Sheinbaum adjudicó contratos por hasta 227 millones de pesos a Neuronic Mexicana, vinculada al conglomerado estatal cubano BioCubaFarma. W Radio informó que la compañía incumplió alrededor del 70 por ciento de un pedido de medicamentos al IMSS. ¿Quién responde por esos contratos y por los pacientes que esperan sus medicinas? La solidaridad con el pueblo cubano no puede convertirse en indulgencia con su gobierno ni estar por encima de las obligaciones con los mexicanos.

Y están los desaparecidos. Data Cívica reportó que al 16 de agosto de 2026 había 133,788 personas aún sin localizar, en un registro histórico desde 1952. Detrás de cada número hay una familia que busca, pregunta, pega fotografías y no se resigna. ¿En qué momento una tragedia de estas dimensiones dejó de sacudirnos?

Están los gastos y privilegios que contradicen la austeridad, el nepotismo que prometieron erradicar y las explicaciones que miran siempre hacia atrás. Morena lleva casi ocho años en el gobierno federal y cerca de tres décadas gobernando la Ciudad de México, primero bajo el PRD y después con sus propias siglas. Ya no puede atribuirlo todo a quienes estuvieron antes. Gobernar significa responder por los resultados propios.

Y frente a todo esto, ¿dónde está la oposición? No veo una oposición organizada, con liderazgos y propuestas. Las marchas y protestas importan, pero no pueden sustituir a los partidos ni construir por sí solas una alternativa.

No escribo desde la nostalgia por gobiernos anteriores: México ha conocido corrupción y abusos durante décadas. Precisamente por eso construimos instituciones y contrapesos. Lo que está en juego es que el poder tenga límites y los ciudadanos podamos exigir cuentas.

No tengo espacio para escribir diario sobre cada escándalo. Pero créanme, material sobra. A donde uno voltea, a donde lee o investiga, encuentra otro motivo para el desencanto. Estoy harta de que cada día parezca superar al anterior, de que la tragedia se vuelva estadística y de que la responsabilidad pública se evapore entre discursos y pretextos.

Todavía amo profundamente a México. Me duele lo que sucede y el país que dejamos a las siguientes generaciones. Pero hay días en que, francamente, qué ganas dan de haber nacido en otro lugar. Estoy absoluta y francamente harta. Gastada. Quebrada.

Nos dijeron que eran diferentes. Y vaya que cumplieron: son de otra calaña.