Gabriela Lazcano
Hay violencias que no dejan moretones, pero sí dejan grietas. No se oyen como un grito ni se registran en estadísticas, pero se infiltran en la vida cotidiana con una persistencia silenciosa. Son las que habitan en la palabra, en el tono, en la omisión. La violencia discursiva no necesita levantar la mano: le basta con endurecer el lenguaje, vaciarlo de empatía y convertir al otro en un adversario, en un estorbo o, peor aún, en alguien prescindible.
Hoy, esa violencia parece haberse normalizado.
En las familias, por ejemplo, la política ha dejado de ser un tema de conversación para convertirse en un campo de batalla. Lo que antes podía ser un intercambio de ideas, incluso apasionado, hoy se vuelve un ejercicio de descalificación. Hijos que no pueden hablar con sus padres. Hermanos que se evitan. Comidas familiares en las que el silencio no es paz, sino tregua. La diferencia de opinión ya no es una riqueza: es una amenaza. Y así, poco a poco, se va rompiendo algo más profundo que la discusión misma: la posibilidad de reconocerse en el otro.
Pero esta dureza no nace solo de la política. Las redes sociales han sido un laboratorio donde el lenguaje ha perdido consecuencias visibles. Ahí, la palabra se lanza sin cuerpo, sin mirada, sin responsabilidad. Se opina, se juzga, se cancela. Y esa lógica se ha filtrado a la vida real. A los chats familiares, a los grupos de amigos, a las relaciones cotidianas.
Hoy es común que alguien escriba y nadie conteste. No por falta de tiempo, sino por una especie de indiferencia aprendida. Meses pueden pasar sin una respuesta, sin un gesto mínimo de reconocimiento. Y aunque parezca trivial, no lo es. Ignorar también es una forma de violencia. Es decirle al otro, sin palabras, que no importa lo suficiente como para merecer una respuesta. Que su presencia es prescindible.
La amabilidad, que durante siglos fue una de las bases invisibles de la convivencia humana, parece haberse vuelto opcional.
Y si los adultos estamos desdibujando esos códigos, los niños están creciendo en medio de esa confusión. Aprenden a relacionarse en un entorno donde el desacuerdo es confrontación, donde la atención es escasa y donde la empatía no siempre es modelada. No es extraño que tengan dificultades para socializar, que les cueste sostener conversaciones, que no sepan cómo manejar el rechazo o la diferencia. No es falta de capacidad: es falta de referentes.
Porque la convivencia humana nunca ha sido espontánea. Ha sido construida. Durante siglos, hemos aprendido —a veces a la fuerza— que para vivir juntos necesitamos reglas, límites, formas. Decir “por favor”, esperar turno, escuchar antes de responder, reconocer la existencia del otro. No son detalles menores: son los cimientos de lo que llamamos civilización.
Hoy, sin embargo, parece que esos acuerdos se están diluyendo. En nombre de la autenticidad, se justifica la agresión. En nombre de la libertad, se ignoran las consecuencias. Cada quien dice lo que quiere, como quiere, cuando quiere. Pero olvidamos que la palabra no es neutra. Construye o destruye. Acerca o separa. Humaniza o deshumaniza.
La violencia discursiva no empieza con el insulto explícito. Empieza mucho antes: en la falta de escucha, en la indiferencia, en la prisa por imponer una verdad sin espacio para la duda. Empieza cuando dejamos de ver al otro como alguien digno de cuidado.
Y tal vez ahí esté la clave. No se trata de volver a una cortesía superficial o rígida, sino de recuperar algo más esencial: la conciencia de que convivir implica responsabilidad. Que cada palabra que decimos —o que callamos— tiene un efecto. Que la forma en que tratamos a los demás, incluso en los espacios más cotidianos, define el tipo de mundo que estamos construyendo.
No es un problema menor. Es una señal.
Porque cuando la violencia se instala en el lenguaje, termina encontrando otras formas de manifestarse. Y cuando la palabra deja de ser un puente, lo que queda es la distancia.
Y en esa distancia, poco a poco, dejamos de reconocernos.











