Gabriela Lazcano
No importa en qué creas.
Ni siquiera importa si crees.
Hay momentos del año —la Semana Santa para unos, el Ramadán para otros, o simplemente esos días en los que la vida nos obliga a detenernos.
Nuestra propia imperfección.
Nos gusta señalar. Criticar al gobierno, indignarnos, exigir honestidad. Y sí, hay motivos de sobra.
Ya lo sabemos: este país se está hundiendo y nosotros con él.
Pero hay una pregunta incómoda que también merece lugar en esta pausa:
¿y nosotros?
La corrupción afecta a todo el mundo.
Quien lo niega, miente.
Vivimos en un país que duele.
¿Realmente luchamos lo necesario por este país?
¿Simplemente no hemos estado en el punto exacto donde se negocian los principios?
¿Por qué la presidente de este país no recibe a las madres buscadoras?
Sé que soy reiterativa y voy a seguir siéndolo.
Entonces surge otra pregunta, todavía más incómoda:
¿los que gobiernan se detienen a reflexionar?
Porque si la presidente de este país no recibe a las madres que buscan a sus hijos…
¿qué podemos esperar como sociedad?
No es solo un gesto político.
Es un reflejo moral.
México se ha convertido en el panteón más grande del mundo.
Y lo más inquietante es que seguimos caminando dentro de él como si nada.
Y sin embargo, la vida insiste.
La gente se levanta. Trabaja. Se enamora. Se ríe. Hace planes.
Como si la esperanza fuera resistencia.
Por eso estos momentos de pausa —religiosos o no— importan. Porque nos obligan a reconocer algo esencial: no somos invencibles ni eternos.
Y entonces, lo único honesto que queda es eso:
Dar gracias.
Aunque algunos les cueste.
Aunque algunos les duela.
Pedir perdón.
Por lo que hacemos, por lo que callamos.
Y pedir cuidado.
Porque vivir hoy aquí es, en el fondo, un acto de fe.
En que no te toque.
En que no seas tú.
En que no sea alguien tuyo.
Esa es la oración más real de nuestro tiempo.
Y quizá si nos miramos con honestidad, podamos empezar a exigir algo distinto. No solo a quienes gobiernan, sino a nosotros mismos.
Porque al final, el país es el reflejo de quienes lo habitamos.
Y tal vez la pregunta no es qué le pedimos a un gobierno que nos miente…
sino en qué momento vamos a empezar a decirnos la verdad.














