Enrique Escobedo

Bien sabemos que la expresión “el horno no está para bollos” se refiere a la oportunidad del momento adecuado, sobre todo si las circunstancias perceptibles advierten de algún riesgo innecesario, de situaciones tensas o de contextos poco amigables. De ahí que cuando un gobernante está a punto de tomar una decisión, consulta a sus asesores acerca de la conveniencia, oportunidad y posibilidades de éxito de su decisión. Si la respuesta de uno de sus colaboradores es coloquial y cita esa máxima le está advirtiendo a su jefe es que podría buscarse otro momento o que lo conveniente es crear condiciones a fin de que la decisión incremente sus posibilidades de triunfo.

Empero, cuando un sistema político se basa en actitudes serviles y abyectas de la alta burocracia, no habrá quien le diga a su jefe o jefa acerca de los riesgos y consecuencias de una decisión. Así tenemos el caso de lo que ya muchos llamamos la contrarreforma política que impulsa la presidenta. Ella y su mentor están convencidos de que regresar al partido de Estado omnímodo es lo mejor que les puede suceder a ellos en calidad de una nueva nomenclatura. Añoran el abuso del poder, así como la impunidad y corrupción en la Administración pública. Extrañan volver a sentir el placer de aplastar a las oposiciones, no soportan el pluripartidismo, son poco tolerantes y les fascina enmascararse de demócratas al decir que las adecuaciones son las que el pueblo les pidió.

Si los bollos salen crudos o quemados no les importa mientras gocen de las mieles del poder. La presidenta Sheinbaum lee en el reloj político nacional a través de los lentes de su mentor y de ahí que piensan que el horno está a la temperatura ideal a fin de imponer un partido de Estado autocrático. Están convencidos que esas y otras reformas políticas, económicas y administrativas serán las detonadoras del fortalecimiento de su partido y nos venden la idea de que con ellas impulsarán el desarrollo nacional. Tal vez sea cierto que algunos militantes de Morena son  honestos y desean un México más próspero y justo socialmente. Pero en los hechos no es así. Vivimos en un país menguante de servicios públicos de calidad y con la cantidad insuficiente.

La metáfora del horno no puede llegar muy lejos. Pero si la advertencia política de que la imposición autoritaria de las reformas morenistas tienen límites. Los mediocres resultados del actual gobierno y los lastres heredados en el sexenio anterior elevarán la temperatura del horno hasta hacerlo estallar. No habrá ser humano que siquiera pueda aproximarse al horno a fin de medirle la temperatura y mucho menos para poner a hornear los bollos. Así lo ha demostrado la historia.

La insensibilidad política y social de impulsar una reforma política cuando el país tiene otras prioridades que requieren atención es preocupante. Si lo que busca el gobierno de la República es un distractor ante los grandes problemas nacionales se equivocaron de estrategia, pues el ogro que están creando no tiene visos de ser filantrópico y si autoritario y sin acompañamiento del crecimiento económico.

Los morenistas aún tienen una oportunidad de refrescar el ambiente político nacional al ceder espacios de debate y propuestas de la reforma a los partidos de oposición. Pero si no lo hacen estaremos creando un desequilibrio sucio y sin visión de futuro que nos costará a los mexicanos mucho tiempo, sudor y espero que no haya sangre.