Jesús Corona Osornio  

México vive horas de peligro con el Gobierno de López, quien aúpa una cargada en contra del Instituto Nacional Electoral (INE), institución que ha demostrado a lo largo de los años de la vida democrática del país, su valía como garante de la limpieza y equidad de las elecciones, que da fe de los resultados de los votos emitidos por los ciudadanos y finalmente válida las elecciones. El señor López con el argumento, más bien el pretexto, de que los consejeros no acatan la austeridad, y las elecciones son muy caras, inició la ofensiva de desaparecer al INE, último reducto de la democracia mexicana. López no quiere contrapesos, quiere todo a su modo, jueces, consejeros electorales, miembros del Banco de México, todo tiene que ser como él decida y con quienes el escoja, sumisión antes que conocimiento, un gobierno encabezado por un autócrata, populista y con la tentación de tornarse en dictador. 

Los partidos de oposición no se sienten, existen ante una sociedad callada, poco participativa, sin liderazgos que cohesionen a esas masas que hoy por hoy, brillan por su ausencia. La sociedad solo participa en las redes sociales, sobre todo en Twitter. La ciudadanía no toma las calles, la pandemia y el quédate en casa, trastocaron el enojo en miedo, todos o casi todos, descubrieron que era muy fácil acribillar al inquilino de Palacio Nacional. Insultos y criticas insulsas que además el ciudadano López ni lee, comenzamos en los medios de comunicación a hablar de una polarización en algún lugar del territorio nacional y nada, más bien, las luchas de terror son las del crimen organizado que azuela a Morelos, Michoacán, Zacatecas, Guerrero, Sinaloa, regiones del Estado de México, y tantos otros estados o zonas, que sería interminable. Pero no observamos que haya inconformidades electorales que nos permitan suponer un descontento que nos pueda llevar a luchas intestinas, no sé si afortunadamente, pero la polarización no pasa de ser un asunto de desacuerdo entre familiares o entre amigos, enfados e insultos, ruptura de amistades o alejamientos familiares, esa es la tan cacareada polarización. 

La ciudadanía mexicana que no está de acuerdo con el actual estado de cosas es mucha, dispersa tal vez, pero en números reales supera con mucho lo treinta millones de votos que serían treinta millones de mexicanos que acreditaron con su voto el mandato del señor López, y que hoy se calcula que diez millones no votarían por la misma opción. 

Si en realidad solo le quedarían veinte millones la derrota de Morena estaría cantada para las elecciones del 2022 y por consiguiente las del 2024, pero la percepción es contraria, un aire de derrota para las oposiciones y un halo de triunfo para Morena y sus aliados. Incluso el líder panista Marko Cortés en una reunión con militancia albiazul señaló que tal vez solo podrían ganar Aguascalientes en este año electoral y cuyo primer mes aún no se consuma. 

En el tricolor el antes todo poderoso PRI, ese partido que era una máquina de ganar elecciones, y al que las oposiciones acusaban de rellenar las urnas y manipular los resultados electorales, para estas elecciones, es una opción empequeñecida, sin el aparato electoral que era su fuerte, con un liderazgo que no cuaja. Alejandro Moreno actual presidente del Comité Ejecutivo Nacional de lo que queda del otrora partidazo, no ha logrado unir a su militancia y por el contrario la ha dividido. Unos lo acusan de haber pactado con López y otros solo lo ven como un servil al régimen actual. 

Los del sol azteca han perdido el glamour y la esperanza, dominado por los “chuchos” otras veces muy inclinados a favorecer a tal o cual presidente de la República, se han vuelto en acendrados críticos de López y esencialmente del “lopismo”, o eso que llaman la 4T también conocida como Morena, y mientras tengan presupuesto como partido de parte de INE seguirán hasta que el SAT los investigue y los amenace como es ya tradicional en este Gobierno.