Invierno o verano, cada vez es más común convertirnos en testigos atónitos de aquello que se ha llamado sin remedio “la fuerza de la naturaleza”. No importa ya que sea en Oriente u Occidente, Norte o Sur, las catástrofes se multiplican. Eso quiere decir que, más allá de la responsabilidad que tenga cada país o gobierno, todos hemos empezado a pagar las consecuencias del cambio climático. Recuérdese, por cierto, que los países con mayor prosperidad económica son los que generan mayor número de emisiones de dióxido de carbono (CO2), debido a su intenso nivel de industrialización. China y Estados Unidos encabezan esa lista. 

Sin embargo, la relación entre la alta generación de emisiones y los efectos en aquellos que las producen, no son directamente proporcionales. Tomemos un ejemplo de reciente alarma. Pakistán, la quinta nación más poblada del mundo, apenas produce el 1% del CO2 global, pero ocupa el octavo lugar en el Índice Global de Riesgo Climático (una lista anual que revisa cuán peligrosos pueden ser los hechos climatológicos en cada país). En los últimos tres meses el calentamiento global ha provocado lluvias tan severas en la región que, en este momento, un tercio del país está inundado.  

Las imágenes y los números de la catástrofe son estremecedores. Hasta ahora: más de mil muertos, más de un millón de casas dañadas o destruidas y más de cincuenta millones de pakistaníes desplazados. Cincuenta millones, ¿se imagina usted esa cantidad de personas? Es el doble de la población de Australia y más que toda la población de España o Argentina. Es una estadística de dimensiones terribles y desmesuradas que afecta a una sociedad muy vulnerable —Pakistán ocupa el sitio 154 en el Índice de Desarrollo Humano de la ONU— y con una alta inestabilidad política. 

Sólo en los peores escenarios de las películas apocalípticas se había retratado con tanta claridad esta sensación de declive progresivo, imposible de impedir por lo abrumador de sus efectos: como si la civilización se encontrara en ruta de choque contra un destino irremediable. Ante tamaña tragedia, surge la misma pregunta que se hiciera García Lorca: “el negro secreto de la noche / y el secreto del agua / ¿son misterios tan sólo para el ojo de la conciencia humana?”, ¿lograremos comprender algún día la música y la ciencia ignorada de los manantiales? Oír y entender las armonías de la naturaleza parece una utopía: tendremos que luchar por conseguirla.