Enrique Escobedo
Uno de los conceptos más usados por la actual gestión es el de la soberanía. El presidente recurre al término con énfasis nacionalista y como una virtud virginal de la independencia nacional. En esencia la noción se refiere a la suprema autoridad jurídica de poder y deber en los ámbitos de la política, la economía, la tecnología y la alimentación, que a su vez despliegan la capacidad de la libre autodeterminación. Léase, es el orden del Estado que afirma que dentro de su territorio no puede haber intervención alguna de otra nación en el manejo de sus asuntos internos, ni en la conducción de la política.
La idea de la soberanía es cambiante y evolutiva. Hoy en día es difícil concebir a la soberanía como una afirmación categórica e imperativa con la cual se puede vivir sin convivir con el resto del mundo. De ahí que la soberanía es política, económica, tecnológica y alimentaria. En otras palabras, es relativa.
El mundo en lo general ya acepta la noción de la interdependencia como condición económica, alimentaria y tecnológica de vida de los habitantes del planeta y reconoce que ya es prácticamente imposible subsistir aisladamente. Lo cual significa que la idea de la soberanía económica ya no es posible porque la determinación de las reglas de operación económicas implica la racionalidad de equilibrio financiero mundial. Por su parte la soberanía alimentaria, que fue una realidad durante algunos gobiernos revolucionarios, desde el sexenio de Luis Echeverría se perdió y cada día somos más dependientes en ese rubro. Finalmente, la independencia tecnológica nunca la tuvimos y ahora somos más dependientes debido a las comodidades de la robótica, la telefonía, la informática y la ingeniería electrónica, entre otras. De ahí que esos anacrónicos conceptos de soberanía total ya no existen.
La soberanía política es el último resquicio del concepto que ambiciona que el destino nacional sea decidido por los mexicanos que delegamos en el gobierno. La idea es que nuestros gobernantes se comporten a la altura de las expectativas que la sociedad delegamos en ellos. De ahí que les exigimos ética en el comportamiento, preparación para el desempeño del cargo, conocimiento de la historia a fin de no repetir los errores del pasado y visión de Estado, pues deben pensar en la próxima generación.
La soberanía política se respalda en la económica, la tecnológica y la alimentaria. Por eso es preocupante el tema. Difícilmente podemos alardear de plena soberanía si esgrimimos el concepto con fines de un discurso que sólo busca el aplauso fácil y está repleto de arengas demagógicas e ideológicas.
La potestad hace referencia a la autoridad legal que obliga al gobierno al ejercicio responsable de la conducción de la sociedad. De ahí que soberanía y potestad es un binomio indisoluble que demanda y exige que la clase gobernante gobierne para todos y conciba que la patria es el patrimonio cultural, material y espiritual que heredamos de nuestros padres a fin de que escrupulosamente se lo heredemos a las futuras generaciones.
Tengo la impresión de que el actual gobierno ha sido poco o nada conceptual respecto a su proclama de la soberanía. Acude a la palabra, pero no a su ideario, espíritu filosófico, categorización, biografía y sentido orientador en el siglo XXI. Las y los mexicanos sabemos del concepto en términos abstractos, tal vez por eso nos hemos cuidado bien de no caer en el patrioterismo, ni utilizarlo como instrumento de odio, resentimiento social y violencia.












