Uno de los pilares de nuestra identidad nacional se alimenta de la historia patria y sus componentes aprendidos desde la más tierna edad. Sabemos los nombres de muchos personajes, algunas fechas, ciertos lugares representativos pues ahí se forjó el destino de nuestra nación. Incluso se erigen monumentos para honrar su memoria. 

Pero hay que reconocer que también somos (o deberíamos serlo) conscientes de que la historia no sólo está en esos monumentos como algo estático, sino que sus consecuencias se siguen percibiendo de múltiples maneras. 

Los ejemplos que acudan a nosotros en este momento pueden ser varios, sin embargo, me quiero referir a un periodo en particular: la Revolución Mexicana. Resulta muy emocionante detenerse a pensar en la relación causa-consecuencia que tiene nuestro presente con aquel momento tan decisivo. 

Con ese movimiento político y popular se consiguió dar un paso fundamental en lo que a la vida democrática y justicia para los desposeídos se refiere. En un comienzo se percibía la aparición de ciertos ideales, mas, con el pasar de los años (y con la expansión geográfica y política del conflicto), habrían de aparecer los problemas y las traiciones. 

La Revolución se transformó en un medio para justificar lo que fuera y hubo quien empezó a utilizar su nombre en vano: los saqueos, las masacres, las intrigas y las conspiraciones. Todo estaba permitido porque eran los requerimientos del revolucionario o caudillo en turno. Todo era válido en nombre de la Revolución. 

Aunque es una situación que se imagina y se sabe a través de la tradición popular, también existen numerosos ensayos y tratados recientes sobre el periodo que la documentan. El impacto de estos acontecimientos fue tal que incluso ha motivado algunos trabajos artísticos. Por ejemplo, Gerardo Murillo, más conocido como “Dr. Atl”, dejó como testimonio La Juida, un cuento que recupera el rasgo de la oralidad más viva de los verdaderos participantes de la Revolución que permanecen a la sombra de los jefes y caudillos.  

Diversos escritores sortearon las fronteras entre la realidad y la imaginación y lograron que, años después, se comercializara (la editorial Aguilar vendía unos tomos elegantes de cientos de páginas) y se estudiara bajo el nombre de “Novela de la Revolución”. 

¿Cómo olvidar los relatos de Mariano Azuela en Los de abajo o los de Martín Luis Guzmán en La sombra del caudillo que hasta se convirtieron en películas? Entre tantas escenas de acción también hay la calma filosófica que permite ver la belleza revolucionaria a pesar de la desgracia causada. 

Parece que de nuevo ronda esa sensación extraña: recordar la efeméride, aunque no se ofrezca nada que estimule a la razón, puede bastar para enardecer los sentimientos mientras se abraza a unos como compañeros y a los otros se les señala como enemigos del nuevo régimen. Pero manipular la historia por intereses individuales, mencionarla tan a la ligera, puede tener un precio muy caro que unos pocos suelen pagar. El pueblo lleva en la memoria las huellas de todos los abusos que se han cometido en su nombre.