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EDITORIAL / La peana vacía en Paseo de la Reforma

Todo empezó con una mentira. El retiro del conjunto escultórico de Cristóbal Colón, con el pretexto de darle una restauración profunda, era el primer movimiento de una jugada que culminaría en la sustitución permanente de este monumento. 

Es importante señalar que Colón no estaba solo. El complejo también se compone de las esculturas de los frailes Pedro de Gante, Juan Pérez de Marchena, Diego de Deza y Bartolomé de las Casas. Este último reconocido por ser uno de los primeros defensores de la dignidad humana como concepto universal: promovió los derechos de los indígenas y luchó contra la esclavitud y los abusos coloniales.  

Históricamente, fue la primera estatua colocada en Paseo de la Reforma en 1877. Pero, 143 años después, cuando amaneció, Colón ya no estaba allí. Sin previo aviso, el 10 de octubre de 2020 su estatua, y las de los frailes que lo acompañaban, fueron retiradas en la madrugada. ¿Por qué hacerlo al cobijo de las sombras? 

Poco a poco salieron versiones que dejaban adivinar los planes detrás de esa acción furtiva. En un primer momento, cuando fue cuestionada al respecto, la jefa de Gobierno deslizó un comentario señalando que tal vez valdría la pena reflexionar sobre la pertinencia de tener ahí al navegante europeo y poner a consulta su regreso. 

Algunos meses después, sin consulta ni mucho análisis de por medio, se nos anunció que ya había un sustituto para ocupar esta glorieta en Reforma: “Tlali”, una escultura que el presidente de la República definió como: “una cabeza estilizada de una mujer olmeca”, con la intención de reivindicar la figura de la mujer indígena como protagonista del pasado de México. 

Dejando a un lado el valor estético de la obra, la decisión estaba llena de contradicciones que la alejaban de su noble fin. Primero, el nombre “Tlali” es una palabra náhuatl que significa “tierra”, no olmeca como intentaba serlo la cabeza. En segundo lugar, el autor Pedro Reyes, es un escultor hombre, blanco y mestizo, es decir: lo más alejado de aquello a lo que se pretendía rendir homenaje. 

Además de perpetuar un estereotipo indígena, no había mujeres ni indígenas participando en ese nuevo monumento. Conscientes del problema, y al ver que las aguas se enturbiaban, las autoridades recularon y optaron por dejar el asunto en manos del Comité de Monumentos y Obras Artísticas en Espacios Públicos de la ciudad. 

De momento la peana en disputa está vacía. ¿Y si la dejan así para que sea un verdadero “monumento” a los avances políticos, sociales, culturales y económicos de este sexenio?