Por Rubén D. Arvizu

El 7 de enero, hace apenas tres semanas, Renee Nicole Good, poeta galardonada, madre de tres hijos, persona querida y respetada en su comunidad por su bondadoso corazón, fue asesinada por agentes de inmigración (ICE) en Minneapolis. El 24 de enero, Alex Jeffrey Pretti, enfermero de la Administración de Asuntos de Veteranos que dedicaba su vida a cuidar de soldados y oficiales veteranos enfermos, fue ejecutado en la misma ciudad, a la misma edad: 37 años.

A pesar del terrible frío que azotaba Minneapolis, con nieve y hielo cubriendo las calles, Alex estaba allí para grabar con su teléfono móvil las redadas brutales que los agentes del ICE siguen llevando a cabo contra las comunidades más vulnerables. Con el teléfono en la mano, vio cómo empujaban salvajemente a una mujer que estaba allí simplemente para protestar en silencio por la presencia de los agentes. Intervino para ayudarla y, en respuesta, le rociaron varias veces los ojos y la cara con gases lacrimógenos. Tambaleándose sobre el hielo, fue rodeado por cinco agentes, tirado al suelo y golpeado mientras aún sostenía el teléfono. Alex llevaba un arma entre sus ropas porque tenía permiso legal para ello, pero nunca la sacó ni amenazó a nadie. Un agente le quitó el arma, siguieron golpeándolo, le apuntaron a la nuca y dispararon. Se escucharon hasta nueve o diez balazos más hasta que quedó inmóvil, muerto.

El presidente Trump sigue asegurando que Alex era un «terrorista», tanto en discursos como en las redes sociales, y cuenta con el respaldo de la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, y del «zar de la frontera», Tom Homan, quien declaró el domingo 25 en Fox News: «No nos basamos en una sola imagen fija ni en un vídeo en cámara lenta. Estamos mirando el panorama en general». Unas horas después, Trump anunció que su administración «va a revisar por completo el caso de Alex Pretti».

Las imágenes no mienten: Álex fue asesinado por filmar la verdad y por ayudar a su prójimo. Es la misma violencia que mató a Renee, la misma que ahora distrae con amenazas absurdas: tarifas arancelarias desmedidas, la fantasía de comprar o apoderarse de Groenlandia, presiones a Canadá, insultos a Europa… Todo para que no se hable más de los archivos de Epstein.

René y Álex no eran enemigos. Eran seres humanos que vivieron para ayudar: ella, con su poesía y su infinito amor maternal; él, con sus manos, que aliviaban el dolor de los veteranos de guerra hasta su último aliento, y con su amor por la naturaleza y su lucha para protegerla. A los 37 años, ambos fueron arrancados de esta tierra por la brutalidad institucional.

Que su memoria despierte empatía y sensibilidad en la ciudadanía estadounidense. Los republicanos con sentido del honor deben dejar de apoyar a Trump, que ya se autoproclama dictador, y actuar para detener la caída de la república y la democracia. Basta ya de silencio. Basta ya de distracciones. Basta ya de olvido.

No se dejen engañar por los viejos manuales nazis de propaganda que dicen que hay que repetir una mentira mil veces hasta que se convierta en «verdad». Trump se lo ha repetido varias veces a sus seguidores, como en esta intervención televisiva del 28 de julio de 2028: «Recuerden que lo que están viendo y leyendo no es lo que está pasando. ».

Estados Unidos debe creer lo que ve: sangre en la nieve, vidas truncadas y una república que se desintegra.
Ya es hora de dejar de callar y de olvidar. ¡No se rindan!