Juan Carlos Aguilar

En 1920 salió a la venta en Estados Unidos una nueva revista pulp que no sólo cautivó a millones de lectores durante sus 31 años de existencia, sino que además contribuyó a desarrollar una nueva literatura policíaca, más apegada a la realidad de aquellos años.

Se llamaba Black Mask y es reconocida hasta nuestros días como la publicación más importante del género negro que jamás se haya hecho. Escritores como Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Erle Stanley Gardner, William Brandon y Carroll John Daly aparecieron repetidamente entre sus páginas, lo que para la época era signo de una calidad literaria indudable. La mayoría publicaba en otras pulp, pero sólo los maestros lo hacían en Black Mask.

Con portadas vistosas y un “Black Mask” color amarillo que no pasaba inadvertido en los puestos de periódicos, la publicación fundada por H.L. Mencken y George Jean Nathan propició un nuevo cambió en la forma de tratar la violencia.

Y es que, a diferencia de los relatos policiales británicos en los que prevalecía un orden estable y en el que el crimen era una excepción, en el relato estadunidense las “aberraciones sociales” eran cosa de todos los días.

Al principio así se describió en algunos relatos, pero tiempo después, durante los años de la Depresión, a finales de la década de los veinte, era ya una generalidad.

En aquellos años -explica el crítico Herbert Ruhm en el libro Detective privado– “el país experimentó un nuevo cinismo y desconfianza en el gobierno, el poder y la ley. El clima moral tal y como se refleja en Black Mask, era caótico; la conciencia individual, la astucia y la osadía triunfaban sobre cualquier orden social.

“El mundo descrito en la revista era irracional y violento. La violencia constituía el medio para alcanzar cualquier fin. Las navajas y las armas de fuego desbancaban a la razón. En la cima de la jerarquía social estaban los abogados y los políticos corrompidos, los gangsters y los contrabandistas, mientras que la única representación del orden, tal como el policía honrado, ocupaba el último lugar”.

HÉROES SOLITARIOS

Evidentemente, esta nueva literatura, surgida del fondo de las grandes urbes en descomposición, dio lugar a un nuevo tipo de héroe, que no es más que una transformación del anterior.

Así, lo que antes era el trampero y el vaquero, fue después el detective privado y el periodista. “También estaría el fotógrafo de un periódico, el ladrón reformado, el capitán de la policía, el agente secreto y otros”.

Hablando del detective privado, expresa Ruhm: “Es más urbano que rural, y posee la sofisticación e insensibilidad de las grandes ciudades. Es golpeado, tiroteado, asfixiado y drogado, pero sobrevive porque sobrevivir forma parte de su naturaleza. Soltero, pobre y solitario, continúa siéndolo por su propia voluntad, preservando su incorruptibilidad con la soledad, que también es una medida de su singularidad”.

El detective privado no puede refugiarse o huir a la frontera como los héroes del campo. No encuentra ninguna salida en medio del concreto y los rascacielos que lo ahogan. El horizonte gris y frío será el ambiente en el que tendrá que luchar su batalla diaria, con la lluvia sobre su cabeza y su sombra como única compañía.

“Como los héroes que le antecedieron -agrega Ruhm-, prefiere vivir solo, sin lazos sociales y familiares, que le parecen tan amenazadores para su integridad como el mundo corrompido en el que se mueve”.

EL LENGUAJE DE LAS CALLES

Este nuevo tipo de héroe apareció por primera vez en 1922 en el cuento titulado “The false Burton Combs” de Carroll John Daly. Aquí una muestra: “No soy un ladrón, sólo un aventurero que se gana la vida trabajando contra los que quebrantan la ley. No es que trabaje con la policía; no, no soy de ésos. Tampoco soy un caballero andante… Pero, como digo, soy un aventurero.

“Verán que soy un tipo de persona situada en el centro; ni un ladrón ni un policía. Ambos me miran con recelo, aunque los ladrones no suelen saber que voy tras su pellejo. Y la policía… bueno, a veces ellos se me acercan bastante, pero tengo que correr el riesgo”.

Con este nuevo relato nacía además un nuevo lenguaje, el de las calles, con el que se comunicaban los gangsters y que se caracterizaba, en palabras de Ruhm, por ser “vulgar, incorrecto, tosco, a veces ingenioso y siempre rudo. Era un lenguaje que podía ‘llegar a decirlo casi todo’ como sostenía Raymond Chandler”.

Esto le daba un realismo a los relatos y determinó, hasta nuestros días, el modo de escribir literatura negra. Los cuentos fueron aceptados por un público de un amplio rango: estudiantes, profesionales, guionistas y escritores, quienes le aseguraron su éxito hasta el último número, publicado en 1951, con ventas aproximadas a los 175 mil ejemplares.

De eso se perdieron Mencken y Nathan, quienes seis meses después de fundar la revista la vendieron en 12 mil 500 dólares. Su primer editor fue una mujer llamada Frances M. Osborne. Luego estuvieron George Sutton y después a P.C. Cody, quien publicó por primera vez a Daly, Gardner y Hammett.

Sin embargo, fue Joseph T. Shaw, el editor de 1926 a 1936, el más celebrado por los escritores. Cuando murió, en 1952, fue calificado como el mejor editor de ficción policíaca del siglo XX”.

Actualmente algunas bibliotecas de Estados Unidos guardan contados números de Black Mask; los millones que se imprimieron en su tiempo se han perdido para siempre…

HAMMETT Y CHANDLER: DOS MAESTROS 

Dashiell Hammett publicó todas sus obras importantes (incluidas todas sus novelas a excepción de “El hombre delgado”) entre 1923 y 1932. Su primer relato lo publicó en esta revista en 1922 bajo el seudónimo de Peter Collinson.

Fue Hammett quien descubrió un mundo obsesionado por la violencia, la codicia y el poder. Reintegró el crimen al callejón, donde los protagonistas eran hombres de baja estofa.

Por su parte, Raymond Chandler publicó ahí sus primeros seis relatos, de un total de 23 que escribió en toda su vida, y fue ahí donde prefiguró a su personaje Philip Marlowe, pues gran parte de los relatos que presentó para Black Mask, los utilizó después para escribir las novelas en las que aparece el detective.

Chandler se ejercitó en el idioma vernáculo norteamericano “para jugar con un lenguaje nuevo y fascinante”. Además, sacó el crimen del callejón y demostró que la moralidad estaba corrompida en todos los estratos de la sociedad, no sólo en los bajos fondos a los que Hammett se había limitado.

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