Enrique Escobedo 

La expresión metafórica “peso muerto” se utiliza cuando un objeto o una persona son un lastre o un inconveniente e incluso un obstáculo para realizar algo. Se utiliza cuando algo o alguien estorba en el cumplimiento de un trabajo o la realización de un proyecto. De ahí que también se refiere a la dificultad para mover el escollo, ya que el problema de quitarlo es significativo. 

La metáfora es difícil de sostener, pues implica que cuando alguien es un “peso muerto” en realidad es una persona que está viva, habla sin decir, no escucha, ni entiende, tiene capacidad de acción e incluso de decisión y, sin embargo, no sabe que es un estorbo. De ahí que lo ideal es hacerlo a un lado o evitarlo en lo posible. Empero no siempre se puede y ahí es cuando la inteligencia nos plantea un desafío. Definir una estrategia de acción que nos permita avanzar cargando al lastre.  

Desde mi vida de estudiante hasta la fecha leo libros acerca de los grandes problemas nacionales. De hecho, el tema se discute desde la obra de Andrés Molina Enríquez escrito en 1909 y a partir de ahí se han escrito magnificas trabajos al respecto, entre ellos La democracia en México de Pablo González Casanova. Algunos de esos trabajos tratan los temas de manera general y otros focalizan el objeto de estudio; la educación, el presidencialismo y la corrupción, por citar algunos ejemplos.   

Del presidencialismo en México hallamos trabajos como los de Daniel Cosío Villegas, Jorge Carpizo y Enrique Krause. Lo interesante es que esas obras nos despliegan reflexiones en torno a la concentración de poder, la capacidad de decisión, el ejercicio de atribuciones metaconstitucionales y la investidura del personaje en turno. Las conclusiones a que llegamos los lectores son muchas, variadas e incluso contradictorias. Aún más, en lo personal sostengo que México debe tener un sistema presidencial, que no presidencialista, es decir con una fuerte y sólida división de poderes, con estados y municipios con alta capacidad de gestión, acotado por órganos constitucionales autónomos y una procuraduría o fiscalía de justicia eficiente, eficaz, congruente y honesta. También con un sistema fuerte de partidos, con una activa movilización de la sociedad civil organizada y la activa concurrencia de los sectores público, privado y social en favor de la economía nacional. Mi idea es que la institución presidencial continúe centrada en la figura de jefe de Estado, de gobierno y de las fuerzas armadas sujeto al Estado de Derecho. Pero no un peso muerto.  

Paradójicamente el actual estilo personal de gobernar es un regreso al presidencialismo omnímodo con intenciones de recrear a un partido hegemónico, a la intimidación, ya no velada, a medios de comunicación masiva y a algunos periodistas. Es una vuelta a la asfixia al federalismo y a una preponderancia del poder Ejecutivo sobre el legislativo y el judicial. Sin embargo, el poder excesivo, la pandemia y el deficiente manejo de la economía nacional entramparon al presidente López Obrador. Ahora vive en un laberinto y no encuentra la salida.  

La pérdida de orientación acerca del rumbo, su constante cambalache en la reglas de operación económicas, su desconocimiento en materia de diplomacia y relaciones internacionales, sus cambios en el gabinete que impiden fructificar las curvas de aprendizaje, los resultados negativos en seguridad pública, su impericia en el manejo sanitario asistencial de la pandemia, la caída de la calidad educativa,  el desempleo galopante y su poco conocimiento en materia de Administración pública están estancando al país. El diagnóstico nacional es muy grave y aunque el presidente se mantiene activo, habla todas las mañanas y recorre el país, la realidad es que a tres años de que acabe su mandato, corre el riesgo de que sea una gestión penada en vida. En otras palabras, un peso muerto.