Enrique Escobedo
El gran químico, físico, matemático y bacteriólogo francés Louis Pasteur (1822-1895) fue el descubridor de la técnica conocida como pasteurización a fin de eliminar los gérmenes de un producto líquido mediante la elevación de su temperatura y posteriormente enfriándolo. Como nota curiosa, el científico galo tiene en la Ciudad de México un monumento a unos cuantos metros del inmueble del Senado de la República. Digo que es una curiosidad porque en México utilizamos la categoría “pasteurización política” cuando un jefe exalta y le da mucho juego a un empleado y luego lo congela y después lo vuelve a elevar y así sucesivamente, como si se tratase de un yoyo.
Es muy común encontrar dicho fenómeno político, al que también calificaría de esparcimiento de los presidentes de México, pues es una de las estrategias que utilizan a fin de evitar que se desboquen los miembros de su gabinete en la carrera por la sucesión presidencial y, a la vez, mantener el equilibrio de los grupos de opinión y de presión del sistema político mexicano. La pasteurización política a nivel presidencial requiere de habilidades astutas y de estrategias que se vinculan con el calendario cívico y electoral. Eso significa, por ejemplo, la designación del orador en un aniversario luctuoso de un determinado prócer de la patria o a quien alabar en un discurso o a quien no invitar a una determinada gira de trabajo no obstante que era necesaria la presencia de dicho servidor debido a las funciones de su cargo.
En el actual gobierno, durante el transcurso de las conferencias mañaneras, se observa el placer que tiene y goza el presidente de la República al pasteurizar a sus colaboradores. También se nota en los rostros de los servidores públicos su estado de ánimo político cuando los mencionan con calidez o con frialdad. Es un juego al que todos están obligados a jugar porque es una condición de nuestro sistema político. En el caso de la presente gestión, debido a las características de un político hábil como lo es el licenciado López Obrador, la pasteurización la utiliza con maestría.
De ahí que, además de la clase política, la sociedad, los medios de comunicación y los grupos de opinión saben acerca de los mensajes que nuestro Primer Mandatario nos hace llegar todas las mañanas, pues son referentes a las preferencias, felicitaciones o enfriamientos a sus colaboradores en el contexto de las elecciones del próximo año y, sobre todo, de la sucesión presidencial. Tal vez los expresidentes Luis Echeverría y Carlos Salinas son dos ejemplos del placer que significó en su momento la pasteurización.
Ser pasteurizado en la Administración pública es diferente según el nivel que se ocupa, el cargo y las funciones que se tienen, la institución en la cual se labora, el carácter y habilidades de los jefes o pasteurizadores. En otras palabras, quien se dedica o ha dedicado al servicio público conoce ambos procesos. Pero no es lo mismo ser director general que secretario de Estado. Consecuentemente, estar expuesto al calor o al frio ante los medios y la opinión pública es diferente al cosmos de la burocracia interior. Eso significa que entre más elevada sea la responsabilidad, más importante la relación de los funcionarios con periodistas y medios de comunicación y por lo mismo, es una de las maneras mediante las cuales, en las épocas de frío, esos servidores mantienen la braza encendida.
La pasteurización política es también uno de los métodos de aprendizaje de los políticos a comer sapos, sonreír y pedir más. No se va a acabar en mucho tiempo debido a que en México muchos de los ascensos en las estructuras burocráticas no están vinculados con un sistema de méritos, sino a la evaluación subjetiva de los jefes al decidir si fulano o perengano ya están suficientemente pasteurizado o no. Léase, plegados a los caprichos de los jefes. De ahí que las conferencias mañaneras seguirán siendo en términos políticos, entre otros temas, escaparate de la pasteurización y juego por la sucesión presidencial.











