Enrique Escobedo

En las democracias modernas, los partidos políticos son organizaciones cuya razón de ser es luchar por el poder, gobernar y, de ser el caso, mantenerse legal y legítimamente en el poder. Son una de las mejores ideas del orden y de la vida democrática de una nación. Sin partidos políticos no es posible la democracia electoral. Empero, dichos entes públicos han caído, por sus propias torpezas, en la animadversión popular. En la actualidad son vistos socialmente como remoras costosas de la vida pública, antros de alacranes y botines de oportunistas; por lo que, nos guste o no, esos juicios son en buena medida verdad.

Mi defensa y mi postura en favor de la existencia de los partidos políticos la dejaré para otra ocasión. En este artículo me sumaré a una de las criticas sociales más comunes a esas organizaciones: la existencia de los partidos satélites. Léase, la presencia de partidos políticos cuyos membretes son diferentes superficialmente al partido en el poder y su labor consiste en fungir como patiños de carpa barata y así hacen sobresalir al partido principal. Los legisladores de esos partidos votan en sus respectivas cámaras en calidad de representantes populares alineados al oficialismo, por lo que atacan y golpean figurativamente a los partidos políticos de oposición, obstruyen iniciativas de ley que no provengan del partido principal y a cambio reciben cargos en comisiones legislativas y de vez en cuando se les permite triunfar en ayuntamientos y una que otra gubernatura. Es decir, se disfrazan para la ocasión, se enmascaran de ser dignos e independientes, pero en la realidad orbitan alrededor del partido hegemónico, de ahí el nombre de satélites.   

En México conocemos de esos partidos satélites desde hace lustros. Tal es el caso de los partidos Popular Socialista (PPS) y del Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM) ya desaparecidos de la órbita priista. Ahora con nuevos paisajes políticos vivimos tristemente con nuevos partidos políticos dependientes, pero con el mismo libreto. Morena es el partido hegemónico o nuclear y el del Trabajo (PT) y el Verde (PVEM) son los satélites.

Es triste regresar en el tiempo político y observar que la democracia en México retrocede. Yo soy de esos optimistas que cree aún en las ventajas del pluripartidismo, el debate genuino de las ideas y del enriquecimiento del espíritu y contenido de las leyes. Soy partidario de que se reconozca la importancia política del disenso en la búsqueda del consenso. También me pronuncio en favor de la inclusión, la tolerancia y el respeto a las minorías. Creo en la responsabilidad del Estado como el ente protector, defensor y conductor la sociedad políticamente organizada, pero no con visión hegemónica, unitaria y unidimensional. Sino como el crisol en el que concurren los sectores público, privado y social en favor de la gobernanza y el desarrollo. 

Sin embargo, mucho me temo que lo que se avecina para México es un Maximato ideologizado y maniqueísta que legalizará un régimen autocrático debido al concurso de los partidos satélites que se alinearán enajenada y acríticamente a los dictados que provengan desde Macuspana y a través del palacio nacional. En otras palabras, la imposición de la mayoría calificada será, por los próximos tres años,   imbatible, fungirá como una aplanadora y desconocerá a quien piense diferente. Tal vez a los partidos satélites les parezca gracioso y placentero saborear las migajas del poder, pero pasarán a la historia como cómplices, abyectos y aduladores payasos de un proyecto quimérico.