Enrique Escobedo
Noblesse oblige es una expresión de origen francés que hoy en día significa que la gente de espíritu noble o generoso es aquella que se comporta honorable y responsablemente. Por lo mismo no tiene que ver con la aristocracia y sus títulos de nobleza, sino que es la actitud que asumimos en la vida mediante el proceder de nuestro trato hacia con los demás. Ahí entra el mundo de los detalles como es la expresión “por favor” y “gracias”. Una persona bien educada es una persona agradecida y de ahí su nobleza. Sobre todo, porque la gratitud consiste en apreciar y reconocer los aspectos y detalles cuando alguien nos respalda, apoya o nos hace un favor. Léase, nos proporciona bienestar ya sea material o emocional. Más aún, las personas agradecidas tienden a ser más satisfechas, optimistas y asocian su estilo de vida a la resiliencia. Además, tienden a crear climas de confianza y de certidumbre.
En la vida se es agradecido con las personas tales como maestros, jefes o amigos y con las instituciones como la Cruz Roja o la Universidad en la cual estudiamos y a la que nos referimos en muchas ocasiones como Alma Mater. También hay quienes creen en un dios y le agradecen por la vida y los alimentos. De ahí que dar las gracias es un acto de honorabilidad y nobleza, pero no necesariamente es así. Existen muchas personas en la vida que creen que se merecen todo, se piensan el centro del universo y que por su belleza o dinero o color de piel o estatus laboral deben ser elogiadas y enaltecidas. Ese fenómeno se aprecia mucho entre la clase política que se considera intocable, poseedora de la verdad y arrogantemente dadivosa cuando hay fotógrafos y prensa.
Muchos políticos, en efecto, ganaron una elección por sus propuestas o carisma o por el respaldo de su partido. Son personas encumbradas en los altos andamios de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial de los tres órdenes de gobierno. Se trata de personajes que tiene poder y lo usan y en ocasiones abusan del mismo. Tienden a ser vanidosos, arrogantes y están convencidos de que por sus cualidades están donde están. Olvidan que su sueldo lo pagamos nosotros, que deben realizar su gestión de manera transparente y que deben rendir cuentas, pues son servidores públicos.
Conozco a docenas de personas egresadas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y prácticamente en su gran mayoría hablan maravillas de su casa de estudios. Es cierto que plantean críticas y señalan deficiencias de la UNAM, pero nunca había escuchado la expresión como la del pasado 10 de noviembre como la dicha por el señor López Obrador “La UNAM se ha vuelto una universidad elitista y no cercana al pueblo”. Supongo que investigó acerca de los planes de estudio de las 160 carreras que imparte, sabe acerca de los miles de libros que están considerados en cada asignatura y tiene un documento que le precisa en donde trabajan los millones de egresados de esa Institución. Más aun, debe haberse sorprendido de que su libro “Economía moral” cuando mucho se impartirá en diez o quince carreras. Pero no existen esos análisis. De ahí su conclusión es incongruente y a la que yo en lo personal calificaría de frívola. Pero el tabasqueño, para variar, ya emitió su sentencia sin pruebas. Por supuesto que el presidente tiene derecho a decir lo que desea en contra de la UNAM y no lo considero una persona mal agradecida por su comentario respecto a la designación de la Junta de Gobierno. Él es licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por esa Institución y por lo visto olvidó que para analizar se requiere investigación, argumentación metodológica y sustentación. Además de que para juzgar se necesitan pruebas. De ahí que su desconocimiento acerca del método científico no es un problema de sus maestros, sino de su incapacidad de actualización y porque es una persona sin nobleza.














